miércoles, 14 de junio de 2017

CONCILIO DE CONSTANZA


COMENTARIO


El Decreto de Frequens se corresponde con los acuerdos adoptados en la sesión XXXIX del Concilio de Constanza, celebrada en dicha ciudad el 9 de octubre de 1417. Este decreto está dirigido al Sumo Pontífice y cardenales, presentes y futuros, a los que se emplaza obligatoriamente a convoca concilios de forma periódica y en años concretos.

La idea principal del decreto es precisamente la convocatoria periódica de concilios, dedicando el primer párrafo a enaltecer la frecuente convocatoria de concilios.

Las ideas secundarias son varias y están relacionadas con los detalles de las convocatorias de los futuros concilios: se prevé que el siguiente concilio se celebre a los cinco años, el siguiente a los siete años y, en adelante, que se celebren cada diez años. Se podrán convocar concilios en un menor plazo si las circunstancias excepcionales lo requiriesen, pero nunca se deben exceder los plazos fijados para su celebración. El lugar de celebración de cada concilio debe quedar fijado en el concilio anterior, y tampoco se podrá cambiar de ubicación, salvo que las circunstancias lo requiriesen.

Con el retorno de Gregorio XI a Roma, tras el conocido como “cautiverio de Avignon”, parecía que todo volvía a la normalidad en la Iglesia. Sin embargo, tras el fallecimiento de Gregorio XI, se produjo una nueva crisis en la Iglesia, que se conocería como el “Cisma de Occidente”.

El cónclave eligió a un Papa italiano, Urbano VI, pero al poco tiempo de ser elegido el Papa adoptó una actitud despreciativa hacia sus compañeros cardenales. Esta actitud del Papa produjo que la mayoría de cardenales franceses decidieran darle la espalda y elegir un nuevo Papa, en este caso, Clemente VII, que retornó nuevamente a Avignon.

La Iglesia volvía a una situación que ya conocía, con dos Papas, pero esta situación, que ya era complicada, todavía tenía margen para empeorar, y empeoró. Ante esta coyuntura de beligerancia entre los dos Papas, un grupo de cardenales se reunió en Pisa y nombró un nuevo Papa, Alejandro V, que, en teoría, debía sustituir a los otros dos, pero no fue así y la Iglesia se encontró, en una situación rocambolesca, con tres Papas.

A partir de este momento, en esta caótica situación de la Iglesia, surgieron nuevas herejías que serían los antecedentes de la reforma luterana.

El emperador Segismundo solicitó la convocatoria de una Concilio que resolviera el Cisma de la Iglesia, que fue convocado por el Papa de Pisa, Juan XXIII. Sin embargo, tanto el Concilio como el emperador decidieron que los tres Papas debían dimitir para elegir un nuevo Papa, pero ni Juan XXIII, de Pisa, ni Benedicto XIII, de Avignon, estaban de acuerdo, por lo que fue Gregorio XII, de Roma, quien convocó definitivamente el Concilio de Constanza, que eligió como Papa a Martín V.

El Concilio de Constanza sirvió para acabar con el Cisma de Occidente y proclamar, por fin, un único Papa, que sería aceptado por toda la cristiandad pero, además, limitó los poderes del Papa e inauguró una época de celebración frecuente de concilios en la Iglesia, que servirían para actualizar el catolicismo, evitar herejías,…

El Decreto Frequens es fiel reflejo de la situación que se vivió en la Iglesia durante el Cisma de Oriente, ya que las medidas que propone o, mejor, ordena, están encaminadas a evitar que se vuelvan a producir situaciones tan rocambolescas como la que dio lugar al propio Concilio de Constanza.

El Decreto mismo adelanta en su primer párrafo la idea que presidirá los nuevos tiempos en la Iglesia: “La frecuente celebración de concilios generales es la principal labor de cultivo del campo del Señor, la que extirpa las zarzas, espinas y cardos de la herejía, de los errores y del cisma, corrige los excesos, reforma lo deformado y lleva a la viña del Señor hacia la abundante cosecha de la fertilidad; en cambio el descuido de aquéllos disemina y favorece éstos; en cambio el descuido de aquéllos disemina y favorece estos”, y recuerda la dramática situación vivida:  “El recuerdo de los tiempos pasados y la consideración de los presentes ponen estos hechos ante nuestros ojos”.

Y, a continuación, proclama la obligatoria celebración de concilios: “…por este edicto perpetuo establecemos, decidimos, decretamos y ordenamos que en lo sucesivo se celebren concilios generales…”, que servirán para que los cardenales puedan controlar y pulsar más de cerca y con mayor frecuencia el estado de la Iglesia.

El Papa ve limitados sus poderes en favor de los Concilios, que está obligado a convocar en los años y en el lugar que los cardenales hayan acordado en el Concilio anterior.

El Concilio de Constanza, que comenzó de forma tan “escandalosa” para la Iglesia, sirvió para acabar con el Cisma de Occidente, para pacificar la Iglesia y para sentar las bases de las reformas que vendrían en Concilios posteriores.


Bibliografía                               

J. Alberigo y otros [eds.], Conciliorum oecumenicorum decreta, cit., 438-439.
Traducción de Vicente Ángel Álvarez Palenzuela; (recuperado de https://temasdehistoriadelaiglesia.wordpress.com/2013/08/20/decreto-frequens-del-concilio-de-constanza-sesion-xxxix-9-de-octubre-de-1417/




viernes, 2 de junio de 2017

EL OBJETO FORMAL DE LA FILOSOFIA

INTRODUCCIÓN.


Comenzaré este trabajo haciendo una pequeña introducción sobre el significado del objeto formal de la filosofía, es decir, de su objeto de estudio para, más adelante, intentar encontrar respuestas radicales y profundas a las preguntas planteadas. Para comprender el alcance el objeto formal de la filosofía, hay que empezar diciendo que mientras que otras ciencias no tienen grandes dificultades para indicar cuál es su objeto formal, en el caso de la filosofía no es tan sencillo, ya que la filosofía se ocupa y se preocupa de todas las realidades o, como decía Aristóteles, del ente en cuanto que ente. Por lo tanto, la filosofía se preocupa de la esencia de todas las cosas y se pregunta, de forma radical, por todo lo que forma parte de la realidad, es decir, por el ente en cuanto que ente, por lo que es en tanto que es.

A lo largo de la historia, los filósofos se han preocupado de la esencia de la realidad que estaba a su alrededor y, finalmente, de la propia esencia del ser humano, de su forma de conocer, de su propia realidad humana, de su alma, de Dios,…

¿POR QUÉ EL OBJETO FORMAL DE LA FILOSOFÍA ES UNIVERSAL, NECESARIO Y EVIDENTE?

El objeto formal de la filosofía es universal, porque todo es real y, por lo tanto, su objeto de estudio sólo puede ser universal. Como ya se ha adelantado, el objeto de estudio de la filosofía es todo lo que es, es decir, todo lo que es real, y todo lo que es real, es.

Esta universalidad de la filosofía choca de frente con el ámbito, más particular, de otras ciencias que, como ya se ha dicho, tienen un objeto de estudio mucho más concreto y definido (la biología, la física, la química,…). Sin embargo, la filosofía, por ocuparse de todo lo real, también se preocupa por las preocupaciones de las demás ciencias, porque los objetos de estudio éstas, al fin y al cabo, forman parte de la realidad y, por lo tanto, también son objeto de estudio de la filosofía.

Pero, ¿debe la filosofía ocuparse de lo concreto de otras ciencias? Esta es una pregunta que, vista desde el punto de vista de otras ciencias, podría tener una respuesta negativa, pero que, en mi opinión, vista desde su propio objeto de estudio, la filosofía no puede mirar hacia otro lado, es decir, debe continuar haciendo su labor en todas las facetas de lo real, en cuanto real. Cuando la filosofía se preocupa, por ejemplo, del ser en cuanto ser del universo, no está invadiendo la parcela de la astronomía, sino que va más allá que ésta y se pregunta, de forma radical, por los motivos más profundos de la existencia del universo, ya que de la existencia de las estrellas y planetas ya se ocupa la astronomía.

El objeto formal de la filosofía es necesario, porque inevitablemente todo lo que es real no puede ser otra cosa que necesario, ya que no podemos pensar en nada que no sea real, así como tampoco puede algo ser real sin serlo.

Esta necesidad de la filosofía choca con la visión que existe en la actualidad de que la filosofía no puede ser necesaria si no tiene aplicaciones prácticas en la vida cotidiana del ser humano. Sin embargo, esa necesidad filosófica forma parte íntima de nuestra especie. Acaso, ¿existe algún ser humano que no se haya hecho preguntas radicales, es decir, filosóficas, sobre los motivos de su propia existencia? Yo diría que no, por lo que entiendo que la filosofía no sólo es necesaria, sino indispensable, e incluso iría un poco más allá, para afirmar que la filosofía satisface el conocimiento de las realidades más profundas de nuestra existencia.

El objeto formal de la filosofía es evidente, porque todo lo que es, tiene que ser.
Esta evidencia de la filosofía choca con la imposibilidad de demostrar científicamente sus afirmaciones, lo que podrían considerarse meras elucubraciones sin ninguna base científica. Siento esto así, porque, por poner un ejemplo, a día de hoy no es posible demostrar científicamente la existencia del alma, de Dios,…, pero ¿podríamos negar científicamente lo contrario? En la respuesta a esta pregunta se encuentra la evidencia de la realidad filosófica y del trabajo minucioso y metodológico del filósofo por encontrar las respuestas que los seres humanos nos hemos hecho desde el origen de los tiempos y que seguiremos haciéndonos, para satisfacción y felicidad de nuestro ser.

 CONCLUSIÓN.

He intentado demostrar en este trabajo la universalidad, la necesidad y la evidencia de la filosofía, concluyendo, como se ha visto, que se trata de tres características que son propias e inherentes a la filosofía. Es innegable el hecho de que en la actualidad la filosofía no pasa por sus mejores momentos y sería de mal filósofo negar esta realidad social. Sin embargo, al contrario de lo que muchos piensan, la filosofía no está pasada de moda, sino que es tan antigua y tan actual como lo somos los seres humanos. El pensamiento filosófico ha ido cambiando a lo largo de la historia, adaptándose a los nuevos tiempos y a las nuevas corrientes, y en muchos momentos ha sido la propia filosofía quien ha marcado el camino a seguir.


Pero la filosofía es mucho más, supone pensar, razonar,…, es decir, realizar las tareas más humanas ya que, en definitiva, la filosofía nos hace más humanos. Por lo tanto, es necesario provocar en las nuevas generaciones, imbuidas en la virtualidad de las redes sociales y de las nuevas tecnologías, la admiración perdida por conocer, por saber, es decir, por filosofar, ya que conseguirlo significa recuperar nuestra propia humanidad.

domingo, 14 de mayo de 2017

VINDICACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA MUJER


COMENTARIO

Antes de comenzar este comentario es relevante señalar que Mary Wollstonecraft (1759-1797) es una escritora y filósofa inglesa, conocida principalmente por su obra Vindicación de los derechos de la mujer (1792).


En esta obra la escritora defendió la igualdad entre el hombre y la mujer, rechazando la tradición existente en el siglo XVIII de que las naturalezas de ambos eran diferentes. Pensaba que las mujeres podrían haber desarrollado mucho más sus facultades intelectuales, si hubieran tenido las mismas oportunidades que los hombres para acceder al conocimiento. Defendió el acceso de la mujer a la política y rechazó la subordinación que ésta sufría, en un momento en que la opinión generalizada era que la única obligación de la mujer era obedecer, servir y dar placer al hombre.

Wollstonecraft fue una mujer que representaba perfectamente los nuevos ideales y valores del Siglo de las Luces y de la Ilustración (razón, progreso, civilización, tolerancia,..), y que defendió, razonadamente, la igualdad entre el hombre y la mujer.

El siglo XVIII supone un cambio en el pensamiento de la humanidad en relación con el Antiguo Régimen, que está llegando a su fin; el llamado Siglo de las Luces, de la mano de pensadores como Locke, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot,…, apoyados por una burguesía cada vez más poderosa, pone el foco en la ciencia y en la razón, que debe iluminarlo todo, y critica la tradición y la revelación que, en sí misma, no puede ser conocida por la razón. Los ilustrados se pregunta por cuestiones que hasta ahora no se habían puesto en duda: la desigualdad social y política, el poder del rey, del clero,… 

A continuación, resumiré y comentaré el texto propuesto de Mary Wollstonecraft:

En el texto, Wollstonecraft comienza manifestando su sometimiento a la razón, la mujer no puede someterse, por sistema o tradición, al hombre, sino que únicamente puede hacerlo a la razón: “la sumisión es a la razón y no al hombre”.

La escritora muestra su rechazo a la tradición y por cómo la mujer de su época, por comodidad y, sobre todo, por falta de conocimientos, se deja llevar por este estado de sumisión: “su única ambición es ser hermosa para suscitar emociones en vez de inspirar respeto”; y también: “las mujeres,…, a menudo se vanaglorian de su debilidad”. Utilizando la lógica más aplastante, la escritora se pregunta: “si la fuerza corporal es con cierta razón la vanagloria de los hombres, ¿por qué las mujeres son tan engreídas como para sentirse orgullosas de un defecto?

Y finalmente concluye: “no puede demostrarse que la mujer es esencialmente inferior al hombre, porque siempre ha estado subyugada”. La realidad de la mujer en el siglo XVIII es de sumisión al hombre, y la razón es el medio adecuado para poder verla.

Pero Wollstonecraft no sólo se queja del maltrato que sufre la mujer, sino también del buen trato que la sociedad de su tiempo dedica a la monarquía y, refiriéndose a los reyes, manifiesta: “… se los trata con un grado de reverencia que insulta a la razón”.

En relación con la política, opina que “la ciencia política se encuentra en su infancia”, y cree que “según la política sana vaya difundiendo la libertad, la humanidad, incluidas las mujeres, se hará más sabia y virtuosa”.

Wollstonecraft culpa a los gobiernos de esta situación de sumisión de la mujer: “… la misma constitución de los gobiernos civiles ha colocado en el camino obstáculos casi insuperables para impedir el cultivo del entendimiento femenino” y a la educación que se ha impartido en su época y en las anteriores: “hasta que no se eduque a las mujeres de modo más racional…”; y también: “Como sólo se les ha enseñado a agradar…”.

Wollstonecraft es consciente de la realidad de la mujer del siglo XVIII y la describe perfectamente en el texto, adelantándose a la ideología feminista que llegaría más tarde. La escritora pone el foco en una de las desigualdades más importantes que existía en la sociedad del siglo XVIII. Para ella, la desigualdad entre el hombre y la mujer tenía varias causas: la tradición, la educación que se impartía desde los gobiernos,…, pero también la propia acomodación de la mujer, por falta de conocimientos, a esta realidad.

Wollstonecraft es una mujer ilustrada y valiente, que utiliza la razón para denunciar la sumisión que sufría la mujer de su tiempo, pero ese mismo valor y razón los utiliza también para criticar el gobierno absolutista y las desigualdades sociales. Para ella, como buena ilustrada, no era de recibo utilizar la naturaleza o la tradición como argumentos para justificar la primacía de la monarquía sobre otros modelos de gobierno, del hombre sobre la mujer o de la revelación sobre la razón.

Como conclusión, quería llamar la atención sobre esta mujer, precursora del feminismo y de una nueva concepción de la mujer, inteligente y comprometida, que supo entender la realidad de la mujer en un momento complicado, en el que nadaba contra corriente.

Me llama la atención una frase con las que comienza el texto: “la sumisión es a la razón y no al hombre”, que creo define perfectamente su forma de entender la vida. Wollstonecraft utiliza la razón para desmontar la realidad en la que vivía sumida la mujer en una crítica de la permisividad del hombre y la aceptación sumisa de la mujer.

Bibliografía                               

Floristán, Alfredo. Historia Moderna Universal. Barcelona: Ariel, 2002.
Wollstonecraft, M. (1792). Vindicación de los derechos de la mujer. Asparkía, 9, 181-186.

domingo, 7 de mayo de 2017

INFLUENCIAS FRANCESAS EN EL REINADO DE FELIPE V

IDENTIFICACIÓN.

El texto corresponde a la IIIª carta remitida por Luis XIV a Michel Jean Amelot, embajador de Francia en España entre 1705 y 1709, durante el reinado de Felipe V. Se trata, por lo tanto, de un texto de género epistolar escrito por Luis XIV en Versalles el 14 de junio de 1705.


DESCRIPCIÓN.

En esta carta, Luis XIV da instrucciones a su embajador sobre la nueva forma de despachar y la elección de un secretario que se encargue de las cuestiones de la guerra.

Luis XIV se muestra de acuerdo con su embajador en que el Rey Católico debería aceptar la solicitud realizada por el duque de Montalto y el conde de Monterrey de retirarse del despacho, siempre que el marqués de Mansera y el duque de Montellano estuvieran dispuestos a continuar en el mismo, ya que, según la opinión de ambos, “sería muy embarazoso que el Consejo del Rey Católico se encontrara de repente sin españoles si los otros dos ministros que asisten al despacho siguieran este ejemplo”. Luis XIV hace mucho hincapié a su embajador de que el Rey Católico no puede aceptar la retirada del duque de Montalto y del conde de Monterrey, si no se asegura la continuidad en el despacho de, al menos, el marqués de Mansera. De asegurarse esta continuidad, el Rey Católico debe aceptar, sin resentimientos, la retirada de ambos.

Luis XIV continúa la carta informando a su embajador del aviso de la princesa de Ursinos, en el sentido de que, una vez que han solicitado su retirada del despacho, no resulta conveniente volver a llamarles para dicho despacho, debiendo esperar a la vuelta a Madrid de la princesa para tomar una decisión sobre este asunto. Sin embargo, respecto de la elección del secretario para las cuestiones de la guerra, la princesa de Ursinos cree que este asunto no se debe demorar hasta su vuelta a Madrid, por tratarse de una cuestión que debe ser resuelta cuanto antes. La princesa cree “que no hay que seguir pensando en don Francisco Ronquillo” para desempeñar este cargo, ya que no es tan importante la capacidad de la persona que se elija, como su docilidad, su sometimiento a las órdenes del rey Católico, su fidelidad y su capacidad para el secreto. La princesa opina que el marqués de Canales hubiera sido una buena elección, por tener estas cualidades, no obstante, lo importante es que “la persona sea fiel, sumisa y capaz de mantener el secreto”, por lo que Luis XIV pide a su embajador que proponga a su nieto las personas que reúnan estas cualidades para que éste decida entre ellas.

Luis XIV informa a su embajador que ha tenido en cuenta su consejo de restituir en el puesto de mayor de guardias a don Juan Idiáquez, aunque le hace ver que no le ha parecido bien la forma en que se ha hecho, ya que, en su opinión, no se debe prestar atención a las demandas realizadas de forma común por los diferentes cuerpos, ya que ello es contrario a la necesaria disciplina que se debe mantener. El rey francés recuerda a su embajador que los Grandes de España han manifestado siempre su oposición al establecimiento de las compañías de guardias, más por interés personal y su propia tranquilidad que por tener vínculos secretos con los enemigos.

El rey francés pide a su embajador que le haga llegar su opinión sobre el duque de Montellano, ya que ha recibido sobre él diferentes opiniones: sospechas, en el caso del mariscal de Tessé, y confianzas, en el caso del duque de Grammont.
Luis XIV se congratula de la opinión que tiene su embajador sobre las cualidades de su nieto y espera que “los negocios y la experiencia corrijan su timidez”. También hace llegar a su embajador su satisfacción por la confianza que su nieto y la reina han depositado en él, como por el trabajo que éste está desarrollando en España.

Por último, Luis XIV pide a su embajador que informe a los reyes de la llegada de la princesa de Ursinos, así como que les traslade la tierna amistad que siente hacia ellos.

CONTEXTO HISTÓRICO.

Tras la muerte de José Fernando de Austria, Carlos II tenía que elegir su sucesor entre la casa de los Austrias, representada por el archiduque Carlos, o la casa de los Borbones, representada por Felipe de Anjou. Finalmente, influido por el cardenal Portocarrero y, posiblemente, para evitar que España continuase perdiendo territorios en favor de Francia, Carlos II redactó un último testamento en el que se decantó por el nieto de Luis XIV, que pasaría a convertirse en rey de España.

Como consecuencia de ello, en 1701 se formó una Gran Alianza europea, formada por Inglaterra, Países Bajos y Austria, a la que más tarde se unirían Portugal y Saboya, declarando finalmente la guerra a Francia y España en mayo de 1702.

Es en este contexto histórico, durante los primeros años de reinado de Felipe V y de guerra de todos contra Francia y España, cuando tiene lugar la correspondencia entre Luis XIV y Amelot, su embajador en España.

ANÁLISIS.

Luis XIV, a través de la correspondencia que mantiene con Amelot, embajador de Francia en España, está informado de todo lo que ocurre en la corte castellana.

Pero Luis XIV no solo se mantiene informado, sino que influye, a través de personas de su confianza, principalmente su embajador, en las decisiones de su nieto, el Rey Católico, y, por lo tanto, en la política española.
Luis  XIV, conocedor de las antipatías que existían entre los Grandes de España hacia su país, se muestra siempre prudente, aconsejando, por ejemplo, a su embajador y a su nieto que mantengan siempre españoles en el Consejo del Rey Católico.

Luis XIV aconseja a su nieto sobre lo que debe hacer respecto de la solicitud realizada por el duque de Montalto y el conde de Monterrey de retirarse del despacho, así como de la persona que debe nombrar como secretario encargado de las cuestiones de la guerra. Además, advierte a su embajador que las compañías de guardias no son del agrado de los Grandes de España, por lo que deberá ser cauto y prudente al respecto.

CONCLUSIÓN.

La lectura de esta carta demuestra, sin lugar a dudas, la gran influencia que llegó a ejercer Luis XIV sobre su nieto y, como consecuencia, sobre la propia corte castellana, dando instrucciones sobre la forma de despachar o sobre la elección de un secretario para las cuestiones de la guerra. Hay que tener en cuenta que Felipe V poseía derechos dinásticos sobre la monarquía francesa, por lo que, de alguna manera, Luis XIV estaba asesorando y enseñando a su nieto en las labores monárquicas.

Por otra parte, a partir de la apertura del testamento de Carlos II y la elección como rey de España de Felipe de Anjou, Francia y España no sólo quedaban emparentadas, sino que quedaron en una situación de soledad ante el resto de potencias europeas que formaron contra ellas la Gran Alianza. Por este motivo, Luis XIV debía adoctrinar a su nieto y estar vigilante ante los pasos de los partidarios de los Austrias en España, para evitar que éstos pudieran influir, o incluso derrocar, al Rey Católico.

Por lo tanto, hay que ver la influencia francesa en el reinado de Felipe V desde dos perspectivas: por una parte, la cuestión personal, por la que Luis XIV hace lo posible para que su nieto sea un gran rey; y, por otra parte, la cuestión política, por la que Luis XIV intenta evitar el acceso de los pro-Austrias, sus enemigos, a la corte castellana, manteniendo en su lugar a personas de su confianza. La historia y, de alguna manera, el azar hicieron coincidir los intereses de Francia y España.

Bibliografía                               

Floristán, Alfredo. Historia de España en la Edad Moderna. Barcelona: Ariel, 2011.
Iñurritegui, José Mª y Viejo, Julen. «Correspondencia de Luis XIV con M. Amelot, su embajador en España. 1705-1709.» Universidad de Alicante, 2012: 205-211.


viernes, 28 de abril de 2017

LOS NEGOCIOS DE LUIS XIV EN ESPAÑA

INTRODUCCIÓN.

Luis XIV (1638-1715), rey de Francia entre 1643 y 1715, inicia su reinado personal a partir de 1661, tras la muerte del Cardenal Mazarino, quien había sido su educador durante la regencia de su madre, Ana de Austria, y posteriormente su valido.



Luis XIV era nieto, hijo y esposo de españoles, por lo que era muy consciente de que debía reclamar para sí o para su descendencia la corona hispánica. Estos derechos sucesorios del rey francés y la posibilidad de que el rey de España muriera sin hijos motivaron que entre 1660 y 1700 (finales del reinado de Felipe IV y durante el reinado de Carlos II), Luis XIV diera una gran importancia a sus relaciones con la monarquía hispánica y pusiera en marcha la maquinaria diplomática francesa camino de Madrid, con la intención de recabar información sobre el gobierno español, el país, las personalidades más relevantes, el estado de ánimo de los cortesanos y del público en general, y averiguar qué opinión se tenía en España del rey francés, y utilizar dicha información para mejorar la opinión que los súbditos españoles tenían del rey francés.

LOS NEGOCIOS DE LUIS XIV EN MADRID.

Para llevar a cabo esta tarea diplomática, Luis XIV envió a Madrid a varios de sus colaboradores, eclesiásticos y militares pertenecientes a la nobleza francesa, entre los que se encontraban el arzobispo d’Embrun, el obispo de Béziers, el marqués de Villars, el conde de la Vauguyon, el marqués de Feuquières, el conde de Rebenac y el marqués d’Harcourt. La información que recababan era inmediatamente remitida a París, donde era utilizada para elaborar estrategias futuras.

La principal negociación que llevaron a cabo estos embajadores fue convencer a los españoles para que apoyasen, o al menos que no se opusieran, a que un Borbón ocupase la corona hispánica si  finalmente Carlos II, como parecía, moría sin hijos. La intención de Luis XIV con estas negociaciones era lograr sus objetivos, de forma pacífica, consciente de las dificultades de convencer a los españoles por otros medios. Para ello, los embajadores utilizaron tres mecanismos: la conversación, el ceremonial y otras maniobras que podríamos calificar como “dudosas”.

Los embajadores franceses que llegaban a España dominaban el arte de la palabra, necesario para crear confianza y una buena opinión entre los cortesanos españoles. Para ello, promovían recepciones, fiestas y comidas en su residencia, a la que invitaban a los cortesanos españoles y al propio rey; hacían regalos para ganarse su amistad; utilizaban a sus esposas para llegar con mayor facilidad a las cortesanas españolas,…, con el objetivo de crear un clima de confianza y recabar información sobre España.

El ceremonial era otro mecanismo utilizado por los embajadores franceses. Se trataba de un código de comportamiento al que los embajadores debían ceñirse y que les permitía, de una forma muy simbólica pero efectiva, representar a su señor y sus intereses. Una de las reglas de este ceremonial consistía en ceder el paso a los embajadores franceses, como forma de mostrar la preeminencia hegemónica de Luis XIV, lo que provocó algunos altercados con sus homónimos españoles.

Los embajadores franceses, como representantes en Madrid de su monarca, debían mostrar gran prestigio y ostentación, que simbolizaban el poder y riqueza de su señor, con el fin de obtener la estima pública entre los españoles y facilitar su estrategia.

Otras maniobras “dudosas” o medios indirectos utilizados por los embajadores eran la difusión de panfletos y grabados, regalos y sobornos, la influencia a través de otros,…

En este último caso, conociendo la religiosidad del rey católico, Luis XIV utilizó a los eclesiásticos franceses para ganarse la confianza de los cortesanos españoles, con el objetivo de llegar, a través de ellos, a los miembros del gobierno español.

CONCLUSIÓN.

Durante el reinado de Carlos II la Monarquía Hispánica se encontraba en plena decadencia, lo que se apreciaba tanto en el exterior, con la continua pérdida de territorios, como en el interior, con una Administración obsoleta y una Hacienda incapaz de hacer frente a las obligaciones económicas que tenía la Monarquía.

En estas circunstancias y conocedor de esta debilidad frente a Francia, Carlos II se limitó a ser mero espectador de los negocios que los embajadores de Luis XIV realizaban en Madrid, salvo cuando éstos sobrepasaban lo estrictamente político, como ocurrió con la influencia “excesiva” que la marquesa de Villars ejerció sobre la reina Mª Luisa de Orleans que, acostumbrada a libertad de la corte francesa, no se encontraba a gusto en la rigidez de la corte española de los Habsburgo.

El trabajo de los embajadores de Luis XIV para mejorar la opinión que los españoles tenían de Francia, no consiguió convencer a todos pero, sin duda, mejoró esta opinión. Cuando Carlos II murió sin descendencia, declaró como su heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, se desencadenó la guerra de la Sucesión. Los españoles, enemigos históricos de Francia, nunca hubieran aceptado un monarca francés, sin el buen trabajo realizado en la corte castellana por los embajadores de Luis XIV.

Bibliografía                               

Floristán, Alfredo. Historia Moderna Universal. Barcelona: Ariel, 2002.

Álvarez López, Ana. «Los negocios de Luis XIV en Madrid: La acción de sus embajadores en la corte madrileña.» Revista de Historia Moderna, nº 25, 2007: 179-205.


EL GRAN MEMORIAL. CONDE-DUQUE DE OLIVARES


Cuando Felipe IV accedió al trono de Castilla, ésta se encontraba sumida en una profunda crisis económica, con una Hacienda Real endeudada y con un déficit crónico. En esta situación, se hacía necesario poner en marcha urgentes reformas encaminadas a la recuperación económica. Estas reformas eran reclamadas con urgencia por la Corte y la sociedad castellana. Sin embargo, al mismo tiempo que se reclamaban estas medidas reformadoras, también se añoraba la gloria y prestigio que vivió la Monarquía Hispánica en tiempos de Felipe II, que se habían perdido, en gran parte, durante la pacífica etapa de Felipe III. Por lo tanto, el deseo castellano era recuperar la economía, pero también el esplendor de antaño, tareas que parecían muy difíciles de compaginar.[1]

Hay que tener en cuenta que Castilla era el “corazón” económico y social de la Monarquía Hispánica, por lo que la crisis castellana repercutía en toda la Monarquía.

En este contexto aparece en escena el valido Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conocido como el Conde-Duque de Olivares, que puso en marcha un programa político cuyos objetivos eran lograr la restauración y recuperar la reputación perdida. Se trataba, por un lado y a nivel interno, de recuperar la autoridad y la grandeza real, y, por otro lado y a nivel externo, de defender los intereses de la Monarquía Hispánica y la recuperación del prestigio perdido como consecuencia de la Pax Hispánica.[2]



El programa político de Olivares, conocido como “Reformación”, que traería consigo las Juntas y los Artículos de Reformación y era apoyado por un cierto sector de la sociedad castellana, promovía políticas: de austeridad (reducción de personal, creación de leyes suntuarias, sustitución de la gola o gorguera por la golilla,…); de población (incentivación de la nupcialidad y la natalidad, ayuda a los huérfanos,…); de finanzas (creación de bancos públicos para dar créditos a bajo interés, sustitución del impuesto de millones por tropas,…); y contra la corrupción (se intenta acabar con la corrupción que estaba asentada en la Corte castellana desde la llegada del Duque de Lerma).[3]

En teoría, todas estas actuaciones deberían haber traído la recuperación de Castilla, pero su aplicación resultó ser un estrepitoso fracaso.

El gran problema era que la Monarquía Hispánica tenía demasiados frentes abiertos y los territorios peninsulares no daban suficiente para atenderlos a todos.

En este ambiente reformista, en 1624 el Conde-Duque remitió a Felipe IV una instrucción secreta, al estilo de las remitidas en su día por Carlos V a Felipe II, conocida como Gran Memorial, en la que animaba al rey a llevar a cabo ciertas actuaciones en los territorios no castellanos de la península, con la intención de conseguir un Estado peninsular homogéneo y unificado, ya que en estos momentos la Monarquía Hispánica continuaba siendo una monarquía polisinodial, con diferentes reinos, Cortes,…[4]

En el Gran Memorial, el Conde-Duque proponía al rey tres caminos para llegar a la unificación de la península en un Estado homogéneo:

El primero consistía en facilitar la participación de los naturales de los distintos reinos en los oficios y dignidades de Castilla, promoviendo a su vez los matrimonios mixtos.

El segundo y el tercero, relacionados con el uso de la fuerza, consistían en utilizar el ejército para negociar desde una posición de fuerza, o para ayudar a sofocar una revuelta popular, previamente instigada, durante la celebración de Cortes.[5]

El objetivo de Olivares era trasladar el sistema político castellano al resto de reinos peninsulares, ya que en Castilla los reyes siempre habían gozado de mayor apoyo, mientras que en el resto de reinos las dificultades siempre fueron mayores. El objetivo que se perseguía era conseguir un país más homogéneo y más fuerte, al estilo de las monarquías absolutas que ya empezaban a emerger en otros países europeos.

Con estas medidas, no sólo se lograría la integración institucional, sino también la integración social. Además, en estos momentos de crisis económica, Castilla necesitaba la colaboración del resto de reinos peninsulares. En este sentido, cabe señalar que una de las medidas más importantes llevadas a cabo fue la Unión de Armas, que se creó con el objetivo de integrar a todos los reinos peninsulares en los proyectos políticos y militares de la Monarquía Hispánica, ya que hasta ese momento sólo se podían reclutar tropas en  Castilla para participar en operaciones bélicas fuera de su territorio. Esta medida se acepta a regañadientes en Aragón y en Valencia, pero no en Cataluña.

Como conclusión, cabe decir que aunque las medidas que proponía el Conde-Duque eran de sentido común y los objetivos que éstas perseguían eran loables, la realidad es éstas no fueron aplicadas ni en el momento ni en la forma adecuados, por lo que resultaron ser un fracaso. Es sintomático que a pesar del tiempo empleado en las reformas por el Conde-Duque, su único logro fuera sustituir la gola por la golilla.[6]





[1] Alfredo Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, (editorial Ariel), 487.
[2] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 488.
[3] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 491.
[4] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 492.
[5] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 493.
[6] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 496.



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REBELIONES EN CATALUÑA Y PORTUGAL

INTRODUCCIÓN.



El siglo XVII comienza en los territorios peninsulares de la Monarquía Hispánica con grandes problemas, tanto internos como externos. Para mitigarlos, Felipe III y su valido, el Duque de Lerma, pusieron en marcha numerosas reformas, que resultaron ser un fracaso en la práctica. Cuando en 1621 Felipe IV accede a la corona de Castilla, hereda unos territorios peninsulares en plena crisis económica. Su valido, el Conde-Duque de Olivares, al igual que hiciera su antecesor, llevó a cabo numerosas reformas, poniendo en marcha, por ejemplo, las Juntas de Reformación y los Artículos de Reformación, con la intención de sanear la Hacienda real. Su programa político promovía políticas: de austeridad (reducción de personal, creación de leyes suntuarias, sustitución de la gola o gorguera por la golilla,…); de población (incentivación de la nupcialidad y la natalidad, ayuda a los huérfanos,…); de finanzas (creación de bancos públicos para dar créditos a bajo interés, sustitución del impuesto de millones por tropas,…); y contra la corrupción (se intenta acabar con la corrupción que estaba asentada en la Corte castellana desde la llegada del Duque de Lerma).

En este contexto, en 1624 el Conde-Duque remitió a Felipe IV una instrucción secreta, conocida como Gran Memorial, en la que animaba al rey a llevar a cabo ciertas actuaciones en los territorios no castellanos de la península, con la intención de conseguir un Estado peninsular homogéneo y unificado, ya que en estos momentos la Monarquía Hispánica continuaba siendo una monarquía polisinodial, con diferentes reinos, con sus propias instituciones cada uno de ellos.

En el Gran Memorial, el Conde-Duque proponía al rey varios caminos para llegar a la unificación de la península en un Estado homogéneo, algunos de ellos, relacionados con el uso de la fuerza, consistían en utilizar el ejército para negociar desde una posición de fuerza, o para ayudar a sofocar una revuelta popular, previamente instigada, durante la celebración de Cortes.

El objetivo de Olivares era trasladar el sistema político castellano al resto de reinos peninsulares, con el objetivo de conseguir un país más homogéneo y más fuerte.

Una de las medidas más importantes llevadas a cabo fue la Unión de Armas, que se creó con el objetivo de integrar a todos los reinos peninsulares en los proyectos políticos y militares de la Monarquía Hispánica, ya que hasta ese momento sólo se podían reclutar tropas en  Castilla para participar en operaciones bélicas fuera de su territorio. Esta medida se aceptó a regañadientes en Aragón y en Valencia, pero no en Cataluña, porque esta medida iba contra sus fueros.

En 1627 se produce la bancarrota y, como consecuencia de ello, la subida de los impuestos, y el descontento generalizado en los territorios peninsulares de la Monarquía Hispánica. A raíz de la Unión de Armas, Aragón y Valencia colaborarán con Castilla, pero no ocurrirá lo mismo con Cataluña y Portugal.

En 1643 se produce el cese del Conde-Duque y con ello se reduce la presión fiscal en el interior y vuelven las políticas de pacificación en el exterior. Sin embargo, la Monarquía Hispánica tenía muchos frentes abiertos y una situación económica desastrosa, y se producen sublevaciones muy importantes en diversos territorios (Cataluña, Portugal, Andalucía, Palermo, Nápoles y Flandes) e incluso conspiraciones (Aragón y Navarra).

REBELIÓN EN CATALUÑA.

Al igual que ocurriera en Aragón y Valencia, con motivo de la Unión de Armas se convocan Cortes en Cataluña en 1626 y en 1632, pero sin obtener ningún resultado.  A partir de 1635, Francia ocupa el Rosellón y la Monarquía Hispánica manda tropas a Cataluña para contener la incursión francesa, pero la prolongada estancia de las tropas hispanas en Cataluña no hace sino complicar las cosas, produciéndose en 1640 la rebelión de Cataluña, que llegó a aliarse con Francia.

La Monarquía Hispánica lleva a cabo campañas anuales en Cataluña para reconquistar el territorio, dirigidas por Juan José de Austria. La reconquista fue muy lenta, pero finalmente, en 1652 la Monarquía Hispánica logra reconquistar todo el territorio catalán y en 1659 se firma la Paz de los Pirineos con Francia, que pone fin al conflicto y que supone la pérdida del Rosellón para la Monarquía Hispánica en favor de Francia.

REBELIÓN EN PORTUGAL.

Portugal vivió una situación similar a la de Cataluña, habiéndose producido un distanciamiento respecto de Castilla en época del Conde-Duque, que fue en aumento. En 1640, aprovechando la rebelión en Cataluña, Portugal se rebela también contra la Monarquía Hispánica. Se da la circunstancia de que en Portugal existía una persona, el Duque de Braganza, que fue capaz de aglutinar en sí mismo el descontento portugués hacia Castilla. En este caso, la Monarquía Hispánica no destinó desde un principio tantos recursos como en Cataluña, porque entendía que el problema catalán era más importante para los intereses castellanos que Portugal que, además, contaba con el apoyo de Inglaterra y Francia, que trataban de debilitar a la Monarquía Hispánica abriéndole nuevos frentes.  Entre 1661 y 1663 se redoblan los esfuerzos económicos por parte de la Monarquía Hispánica para reconquistar Portugal, pero ya era demasiado tarde. Se trató de una guerra fronteriza, con escasas incursiones, que acabó con la independencia portuguesa en 1668 tras la firma del Tratado de Lisboa.

CONCLUSIÓN.

Los muchos territorios que atender por parte de la Monarquía Hispánica, la crítica situación económica a la que se había llegado, que se hizo notar enormemente desde principios del siglo XVII, así como la heterogeneidad de los territorios peninsulares, fueron obstáculos difíciles de superar y, por momentos, insuperables.

En estas circunstancias, la llegada del Conde-Duque y sus medidas reformistas, principalmente la Unión de Armas, no parece que fueran la mejor solución en un momento de agobio fiscal de la población y cuando los fueros todavía estaban demasiado enraizados en territorios como Aragón, Valencia, Cataluña o Portugal, aunque lo cierto es que Castilla no podía soportar por sí sola el mantenimiento del enorme imperio de la Monarquía Hispánica y se hacía obligado hacer algo al respecto.

A nivel internacional, durante estas fechas la Guerra de los Treinta años se encuentra en su etapa francesa. Francia había declarado la guerra a la Monarquía Hispánica en 1635 y Cataluña fue uno de los objetivos de Francia, que finalmente logró conquistar el Rosellón. La ayuda de Francia a Cataluña y a Portugal, en este caso junto con Inglaterra, para debilitar a la Monarquía Hispánica hizo muy complicada la recuperación de estos territorios.

Como se ha visto, las dos rebeliones más importantes del siglo XVII comienzan en 1640, primero en Cataluña y más tarde en Portugal, que aprovecha la sublevación catalana. Desde un principio, la Monarquía Hispánica da mayor importancia a la recuperación de Cataluña, principalmente porque detrás estaba Francia y de conquistar Cataluña es posible que la conquista hubiese continuado. Esto hizo que se dejara en segundo plano la recuperación de Portugal, al menos momentáneamente, esperando un momento mejor, pero cuando tras la Paz de los Pirineos, la Monarquía Hispánica se decide a reconquistar Portugal, ya era demasiado tarde. Seguramente no se pensó que el asunto portugués acabaría como acabó, pero, al contrario que Cataluña, Portugal contaba con una persona, el Duque de Braganza, que contaba con el apoyo de la nobleza y de la población, apoyo que se había encargado de aumentar durante los años en que la Monarquía Hispánica había estado centrada en recuperar Cataluña. La dedicación de la Monarquía Hispánica a Cataluña desde un primer momento, para evitar la incursión de Francia, y las campañas anuales que se llevaron a cabo, influyeron decisivamente en la reconquista, aunque lenta, de Cataluña.

Bibliografía


Alfredo Floristán. Historia de España en la Edad Moderna. Barcelona: Ariel, 2011.