viernes, 28 de abril de 2017

LOS NEGOCIOS DE LUIS XIV EN ESPAÑA

INTRODUCCIÓN.

Luis XIV (1638-1715), rey de Francia entre 1643 y 1715, inicia su reinado personal a partir de 1661, tras la muerte del Cardenal Mazarino, quien había sido su educador durante la regencia de su madre, Ana de Austria, y posteriormente su valido.



Luis XIV era nieto, hijo y esposo de españoles, por lo que era muy consciente de que debía reclamar para sí o para su descendencia la corona hispánica. Estos derechos sucesorios del rey francés y la posibilidad de que el rey de España muriera sin hijos motivaron que entre 1660 y 1700 (finales del reinado de Felipe IV y durante el reinado de Carlos II), Luis XIV diera una gran importancia a sus relaciones con la monarquía hispánica y pusiera en marcha la maquinaria diplomática francesa camino de Madrid, con la intención de recabar información sobre el gobierno español, el país, las personalidades más relevantes, el estado de ánimo de los cortesanos y del público en general, y averiguar qué opinión se tenía en España del rey francés, y utilizar dicha información para mejorar la opinión que los súbditos españoles tenían del rey francés.

LOS NEGOCIOS DE LUIS XIV EN MADRID.

Para llevar a cabo esta tarea diplomática, Luis XIV envió a Madrid a varios de sus colaboradores, eclesiásticos y militares pertenecientes a la nobleza francesa, entre los que se encontraban el arzobispo d’Embrun, el obispo de Béziers, el marqués de Villars, el conde de la Vauguyon, el marqués de Feuquières, el conde de Rebenac y el marqués d’Harcourt. La información que recababan era inmediatamente remitida a París, donde era utilizada para elaborar estrategias futuras.

La principal negociación que llevaron a cabo estos embajadores fue convencer a los españoles para que apoyasen, o al menos que no se opusieran, a que un Borbón ocupase la corona hispánica si  finalmente Carlos II, como parecía, moría sin hijos. La intención de Luis XIV con estas negociaciones era lograr sus objetivos, de forma pacífica, consciente de las dificultades de convencer a los españoles por otros medios. Para ello, los embajadores utilizaron tres mecanismos: la conversación, el ceremonial y otras maniobras que podríamos calificar como “dudosas”.

Los embajadores franceses que llegaban a España dominaban el arte de la palabra, necesario para crear confianza y una buena opinión entre los cortesanos españoles. Para ello, promovían recepciones, fiestas y comidas en su residencia, a la que invitaban a los cortesanos españoles y al propio rey; hacían regalos para ganarse su amistad; utilizaban a sus esposas para llegar con mayor facilidad a las cortesanas españolas,…, con el objetivo de crear un clima de confianza y recabar información sobre España.

El ceremonial era otro mecanismo utilizado por los embajadores franceses. Se trataba de un código de comportamiento al que los embajadores debían ceñirse y que les permitía, de una forma muy simbólica pero efectiva, representar a su señor y sus intereses. Una de las reglas de este ceremonial consistía en ceder el paso a los embajadores franceses, como forma de mostrar la preeminencia hegemónica de Luis XIV, lo que provocó algunos altercados con sus homónimos españoles.

Los embajadores franceses, como representantes en Madrid de su monarca, debían mostrar gran prestigio y ostentación, que simbolizaban el poder y riqueza de su señor, con el fin de obtener la estima pública entre los españoles y facilitar su estrategia.

Otras maniobras “dudosas” o medios indirectos utilizados por los embajadores eran la difusión de panfletos y grabados, regalos y sobornos, la influencia a través de otros,…

En este último caso, conociendo la religiosidad del rey católico, Luis XIV utilizó a los eclesiásticos franceses para ganarse la confianza de los cortesanos españoles, con el objetivo de llegar, a través de ellos, a los miembros del gobierno español.

CONCLUSIÓN.

Durante el reinado de Carlos II la Monarquía Hispánica se encontraba en plena decadencia, lo que se apreciaba tanto en el exterior, con la continua pérdida de territorios, como en el interior, con una Administración obsoleta y una Hacienda incapaz de hacer frente a las obligaciones económicas que tenía la Monarquía.

En estas circunstancias y conocedor de esta debilidad frente a Francia, Carlos II se limitó a ser mero espectador de los negocios que los embajadores de Luis XIV realizaban en Madrid, salvo cuando éstos sobrepasaban lo estrictamente político, como ocurrió con la influencia “excesiva” que la marquesa de Villars ejerció sobre la reina Mª Luisa de Orleans que, acostumbrada a libertad de la corte francesa, no se encontraba a gusto en la rigidez de la corte española de los Habsburgo.

El trabajo de los embajadores de Luis XIV para mejorar la opinión que los españoles tenían de Francia, no consiguió convencer a todos pero, sin duda, mejoró esta opinión. Cuando Carlos II murió sin descendencia, declaró como su heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, se desencadenó la guerra de la Sucesión. Los españoles, enemigos históricos de Francia, nunca hubieran aceptado un monarca francés, sin el buen trabajo realizado en la corte castellana por los embajadores de Luis XIV.

Bibliografía                               

Floristán, Alfredo. Historia Moderna Universal. Barcelona: Ariel, 2002.

Álvarez López, Ana. «Los negocios de Luis XIV en Madrid: La acción de sus embajadores en la corte madrileña.» Revista de Historia Moderna, nº 25, 2007: 179-205.


EL GRAN MEMORIAL. CONDE-DUQUE DE OLIVARES


Cuando Felipe IV accedió al trono de Castilla, ésta se encontraba sumida en una profunda crisis económica, con una Hacienda Real endeudada y con un déficit crónico. En esta situación, se hacía necesario poner en marcha urgentes reformas encaminadas a la recuperación económica. Estas reformas eran reclamadas con urgencia por la Corte y la sociedad castellana. Sin embargo, al mismo tiempo que se reclamaban estas medidas reformadoras, también se añoraba la gloria y prestigio que vivió la Monarquía Hispánica en tiempos de Felipe II, que se habían perdido, en gran parte, durante la pacífica etapa de Felipe III. Por lo tanto, el deseo castellano era recuperar la economía, pero también el esplendor de antaño, tareas que parecían muy difíciles de compaginar.[1]

Hay que tener en cuenta que Castilla era el “corazón” económico y social de la Monarquía Hispánica, por lo que la crisis castellana repercutía en toda la Monarquía.

En este contexto aparece en escena el valido Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conocido como el Conde-Duque de Olivares, que puso en marcha un programa político cuyos objetivos eran lograr la restauración y recuperar la reputación perdida. Se trataba, por un lado y a nivel interno, de recuperar la autoridad y la grandeza real, y, por otro lado y a nivel externo, de defender los intereses de la Monarquía Hispánica y la recuperación del prestigio perdido como consecuencia de la Pax Hispánica.[2]



El programa político de Olivares, conocido como “Reformación”, que traería consigo las Juntas y los Artículos de Reformación y era apoyado por un cierto sector de la sociedad castellana, promovía políticas: de austeridad (reducción de personal, creación de leyes suntuarias, sustitución de la gola o gorguera por la golilla,…); de población (incentivación de la nupcialidad y la natalidad, ayuda a los huérfanos,…); de finanzas (creación de bancos públicos para dar créditos a bajo interés, sustitución del impuesto de millones por tropas,…); y contra la corrupción (se intenta acabar con la corrupción que estaba asentada en la Corte castellana desde la llegada del Duque de Lerma).[3]

En teoría, todas estas actuaciones deberían haber traído la recuperación de Castilla, pero su aplicación resultó ser un estrepitoso fracaso.

El gran problema era que la Monarquía Hispánica tenía demasiados frentes abiertos y los territorios peninsulares no daban suficiente para atenderlos a todos.

En este ambiente reformista, en 1624 el Conde-Duque remitió a Felipe IV una instrucción secreta, al estilo de las remitidas en su día por Carlos V a Felipe II, conocida como Gran Memorial, en la que animaba al rey a llevar a cabo ciertas actuaciones en los territorios no castellanos de la península, con la intención de conseguir un Estado peninsular homogéneo y unificado, ya que en estos momentos la Monarquía Hispánica continuaba siendo una monarquía polisinodial, con diferentes reinos, Cortes,…[4]

En el Gran Memorial, el Conde-Duque proponía al rey tres caminos para llegar a la unificación de la península en un Estado homogéneo:

El primero consistía en facilitar la participación de los naturales de los distintos reinos en los oficios y dignidades de Castilla, promoviendo a su vez los matrimonios mixtos.

El segundo y el tercero, relacionados con el uso de la fuerza, consistían en utilizar el ejército para negociar desde una posición de fuerza, o para ayudar a sofocar una revuelta popular, previamente instigada, durante la celebración de Cortes.[5]

El objetivo de Olivares era trasladar el sistema político castellano al resto de reinos peninsulares, ya que en Castilla los reyes siempre habían gozado de mayor apoyo, mientras que en el resto de reinos las dificultades siempre fueron mayores. El objetivo que se perseguía era conseguir un país más homogéneo y más fuerte, al estilo de las monarquías absolutas que ya empezaban a emerger en otros países europeos.

Con estas medidas, no sólo se lograría la integración institucional, sino también la integración social. Además, en estos momentos de crisis económica, Castilla necesitaba la colaboración del resto de reinos peninsulares. En este sentido, cabe señalar que una de las medidas más importantes llevadas a cabo fue la Unión de Armas, que se creó con el objetivo de integrar a todos los reinos peninsulares en los proyectos políticos y militares de la Monarquía Hispánica, ya que hasta ese momento sólo se podían reclutar tropas en  Castilla para participar en operaciones bélicas fuera de su territorio. Esta medida se acepta a regañadientes en Aragón y en Valencia, pero no en Cataluña.

Como conclusión, cabe decir que aunque las medidas que proponía el Conde-Duque eran de sentido común y los objetivos que éstas perseguían eran loables, la realidad es éstas no fueron aplicadas ni en el momento ni en la forma adecuados, por lo que resultaron ser un fracaso. Es sintomático que a pesar del tiempo empleado en las reformas por el Conde-Duque, su único logro fuera sustituir la gola por la golilla.[6]





[1] Alfredo Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, (editorial Ariel), 487.
[2] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 488.
[3] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 491.
[4] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 492.
[5] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 493.
[6] Floristán (Coord.). Historia de España en la Edad Moderna, 496.



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REBELIONES EN CATALUÑA Y PORTUGAL

INTRODUCCIÓN.



El siglo XVII comienza en los territorios peninsulares de la Monarquía Hispánica con grandes problemas, tanto internos como externos. Para mitigarlos, Felipe III y su valido, el Duque de Lerma, pusieron en marcha numerosas reformas, que resultaron ser un fracaso en la práctica. Cuando en 1621 Felipe IV accede a la corona de Castilla, hereda unos territorios peninsulares en plena crisis económica. Su valido, el Conde-Duque de Olivares, al igual que hiciera su antecesor, llevó a cabo numerosas reformas, poniendo en marcha, por ejemplo, las Juntas de Reformación y los Artículos de Reformación, con la intención de sanear la Hacienda real. Su programa político promovía políticas: de austeridad (reducción de personal, creación de leyes suntuarias, sustitución de la gola o gorguera por la golilla,…); de población (incentivación de la nupcialidad y la natalidad, ayuda a los huérfanos,…); de finanzas (creación de bancos públicos para dar créditos a bajo interés, sustitución del impuesto de millones por tropas,…); y contra la corrupción (se intenta acabar con la corrupción que estaba asentada en la Corte castellana desde la llegada del Duque de Lerma).

En este contexto, en 1624 el Conde-Duque remitió a Felipe IV una instrucción secreta, conocida como Gran Memorial, en la que animaba al rey a llevar a cabo ciertas actuaciones en los territorios no castellanos de la península, con la intención de conseguir un Estado peninsular homogéneo y unificado, ya que en estos momentos la Monarquía Hispánica continuaba siendo una monarquía polisinodial, con diferentes reinos, con sus propias instituciones cada uno de ellos.

En el Gran Memorial, el Conde-Duque proponía al rey varios caminos para llegar a la unificación de la península en un Estado homogéneo, algunos de ellos, relacionados con el uso de la fuerza, consistían en utilizar el ejército para negociar desde una posición de fuerza, o para ayudar a sofocar una revuelta popular, previamente instigada, durante la celebración de Cortes.

El objetivo de Olivares era trasladar el sistema político castellano al resto de reinos peninsulares, con el objetivo de conseguir un país más homogéneo y más fuerte.

Una de las medidas más importantes llevadas a cabo fue la Unión de Armas, que se creó con el objetivo de integrar a todos los reinos peninsulares en los proyectos políticos y militares de la Monarquía Hispánica, ya que hasta ese momento sólo se podían reclutar tropas en  Castilla para participar en operaciones bélicas fuera de su territorio. Esta medida se aceptó a regañadientes en Aragón y en Valencia, pero no en Cataluña, porque esta medida iba contra sus fueros.

En 1627 se produce la bancarrota y, como consecuencia de ello, la subida de los impuestos, y el descontento generalizado en los territorios peninsulares de la Monarquía Hispánica. A raíz de la Unión de Armas, Aragón y Valencia colaborarán con Castilla, pero no ocurrirá lo mismo con Cataluña y Portugal.

En 1643 se produce el cese del Conde-Duque y con ello se reduce la presión fiscal en el interior y vuelven las políticas de pacificación en el exterior. Sin embargo, la Monarquía Hispánica tenía muchos frentes abiertos y una situación económica desastrosa, y se producen sublevaciones muy importantes en diversos territorios (Cataluña, Portugal, Andalucía, Palermo, Nápoles y Flandes) e incluso conspiraciones (Aragón y Navarra).

REBELIÓN EN CATALUÑA.

Al igual que ocurriera en Aragón y Valencia, con motivo de la Unión de Armas se convocan Cortes en Cataluña en 1626 y en 1632, pero sin obtener ningún resultado.  A partir de 1635, Francia ocupa el Rosellón y la Monarquía Hispánica manda tropas a Cataluña para contener la incursión francesa, pero la prolongada estancia de las tropas hispanas en Cataluña no hace sino complicar las cosas, produciéndose en 1640 la rebelión de Cataluña, que llegó a aliarse con Francia.

La Monarquía Hispánica lleva a cabo campañas anuales en Cataluña para reconquistar el territorio, dirigidas por Juan José de Austria. La reconquista fue muy lenta, pero finalmente, en 1652 la Monarquía Hispánica logra reconquistar todo el territorio catalán y en 1659 se firma la Paz de los Pirineos con Francia, que pone fin al conflicto y que supone la pérdida del Rosellón para la Monarquía Hispánica en favor de Francia.

REBELIÓN EN PORTUGAL.

Portugal vivió una situación similar a la de Cataluña, habiéndose producido un distanciamiento respecto de Castilla en época del Conde-Duque, que fue en aumento. En 1640, aprovechando la rebelión en Cataluña, Portugal se rebela también contra la Monarquía Hispánica. Se da la circunstancia de que en Portugal existía una persona, el Duque de Braganza, que fue capaz de aglutinar en sí mismo el descontento portugués hacia Castilla. En este caso, la Monarquía Hispánica no destinó desde un principio tantos recursos como en Cataluña, porque entendía que el problema catalán era más importante para los intereses castellanos que Portugal que, además, contaba con el apoyo de Inglaterra y Francia, que trataban de debilitar a la Monarquía Hispánica abriéndole nuevos frentes.  Entre 1661 y 1663 se redoblan los esfuerzos económicos por parte de la Monarquía Hispánica para reconquistar Portugal, pero ya era demasiado tarde. Se trató de una guerra fronteriza, con escasas incursiones, que acabó con la independencia portuguesa en 1668 tras la firma del Tratado de Lisboa.

CONCLUSIÓN.

Los muchos territorios que atender por parte de la Monarquía Hispánica, la crítica situación económica a la que se había llegado, que se hizo notar enormemente desde principios del siglo XVII, así como la heterogeneidad de los territorios peninsulares, fueron obstáculos difíciles de superar y, por momentos, insuperables.

En estas circunstancias, la llegada del Conde-Duque y sus medidas reformistas, principalmente la Unión de Armas, no parece que fueran la mejor solución en un momento de agobio fiscal de la población y cuando los fueros todavía estaban demasiado enraizados en territorios como Aragón, Valencia, Cataluña o Portugal, aunque lo cierto es que Castilla no podía soportar por sí sola el mantenimiento del enorme imperio de la Monarquía Hispánica y se hacía obligado hacer algo al respecto.

A nivel internacional, durante estas fechas la Guerra de los Treinta años se encuentra en su etapa francesa. Francia había declarado la guerra a la Monarquía Hispánica en 1635 y Cataluña fue uno de los objetivos de Francia, que finalmente logró conquistar el Rosellón. La ayuda de Francia a Cataluña y a Portugal, en este caso junto con Inglaterra, para debilitar a la Monarquía Hispánica hizo muy complicada la recuperación de estos territorios.

Como se ha visto, las dos rebeliones más importantes del siglo XVII comienzan en 1640, primero en Cataluña y más tarde en Portugal, que aprovecha la sublevación catalana. Desde un principio, la Monarquía Hispánica da mayor importancia a la recuperación de Cataluña, principalmente porque detrás estaba Francia y de conquistar Cataluña es posible que la conquista hubiese continuado. Esto hizo que se dejara en segundo plano la recuperación de Portugal, al menos momentáneamente, esperando un momento mejor, pero cuando tras la Paz de los Pirineos, la Monarquía Hispánica se decide a reconquistar Portugal, ya era demasiado tarde. Seguramente no se pensó que el asunto portugués acabaría como acabó, pero, al contrario que Cataluña, Portugal contaba con una persona, el Duque de Braganza, que contaba con el apoyo de la nobleza y de la población, apoyo que se había encargado de aumentar durante los años en que la Monarquía Hispánica había estado centrada en recuperar Cataluña. La dedicación de la Monarquía Hispánica a Cataluña desde un primer momento, para evitar la incursión de Francia, y las campañas anuales que se llevaron a cabo, influyeron decisivamente en la reconquista, aunque lenta, de Cataluña.

Bibliografía


Alfredo Floristán. Historia de España en la Edad Moderna. Barcelona: Ariel, 2011.


EL CISMA DE ORIENTE


ANTECEDENTES.


Tras las invasiones bárbaras y la caída definitiva del Imperio Romano de Occidente en el año 476, la primacía política universal pasaría al Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino. A partir de este momento los emperadores de Oriente intentaron, sin éxito, trasladar la Santa Sede desde Roma, antigua capital imperial, a Constantinopla (Bizancio), capital del nuevo imperio, pero los Papas siempre se negaron a abandonar la ciudad de Pedro. Paradójicamente, los ocho primeros concilios tuvieron lugar en territorio oriental, donde se encontraba la capital política del Imperio Bizantino. Con el tiempo las diferencias entre la Iglesia de Occidente y la de Oriente se fueron haciendo más evidentes y los Patriarcas de Constantinopla, apoyados en los emperadores bizantinos, comenzaron a tratar de independizarse de la Iglesia de Roma. Por otra parte, los emperadores bizantinos entendían que la sede de la Iglesia debía estar en Constantinopla, como capital del Imperio, y preferían que fuera así porque los Patriarcas, a diferencia del Papa, estaban sometidos a su jurisdicción. Poco a poco, los emperadores bizantinos se fueron separando política y religiosamente de Roma y de Occidente y, cuando estas diferencias ya empezaban a ser importantes, la expansión del Islam, que llegó a rodear al Imperio Bizantino creándole graves problemas, no hizo sino contribuir a aumentar estas diferencias entre Oriente y Occidente.

Otra cuestión que contribuyó a la separación entre Oriente y Occidente fue el conflicto de las imágenes. Mientras en Oriente existía una gran tradición de veneración de las imágenes sagradas, en Occidente no era así, ya que se entendía que la divinidad no podía ser representada con imágenes. Esta situación provocó importantes enfrentamientos entre los defensores de la adoración de las imágenes y los contrarios a ello (iconoclastas), produciéndose continuas prohibiciones y restauraciones del culto a las imágenes.

Aunque la adoración de las imágenes terminó legitimándose, este conflicto contribuyó a aumentar el distanciamiento entre la Iglesia Romana de Occidente y la Iglesia Bizantina de Oriente.

EL CISMA DE FOCIO (S. IX).

La situación de enfrentamiento entre ambas Iglesias empeoró considerablemente el siglo IX durante los patriarcados de Ignacio, que representaba la facción monacal, y Focio, que representaba la facción secular, y siendo Papa de Roma Nicolás I. Estos dos Patriarcas se sucedieron en varias ocasiones. El conflicto más importante llegó cuando Ignacio negó la comunión a un tío del Emperador Miguel III, por su vida licenciosa, lo que provocó su destitución por parte del Emperador y que Focio fuera nombrado Patriarca en su lugar. Focio se dirigió al Papa Nicolás I para recibir su confirmación pero el Papa, conocedor de los informes de Ignacio, mandó a sus legados con instrucciones precisas para deponer a Focio y restituir a Ignacio en el Patriarcado. Sin embargo, los legados no llevaron a cabo las instrucciones recibidas del Papa y confirmaron a Focio como Patriarca de Constantinopla en el Sínodo celebrado en esta ciudad en el año 861. El Papa reaccionó excomulgando a sus legados, al Patriarca y al Emperador. Focio, como represalia, decidió excomulgar al mismísimo Papa acusándole de herejía por utilizar en el Credo la fórmula “filioque” (y del Hijo), fórmula que estaba prohibido utilizar, pero que en la práctica se seguía utilizando.

Finalmente, al ser derrocado el Emperador Miguel III por Basilio I, Focio fue depuesto e Ignacio recuperó el Patriarcado de Constantinopla, volviendo la normalidad. Aunque el cisma de Focio sólo duró nueve años, entre el año 858 y el 867, contribuyó a crear una fuerte conciencia anti-papal y las condiciones propicias para una futura ruptura.

EL CISMA DE CERULARIO (S. XI).

La ruptura definitiva entre ambas iglesias llegaría en el siglo XI durante el patriarcado de Miguel Cerulario. Elegido Patriarca de Constantinopla en 1043, sentía grandes antipatías hacia todo lo occidental, principalmente hacia la Santa Sede, lo que lo llevó a acusar de continuas herejías al Papa León IX. Para resolver el conflicto el Papa mandó una delegación a Constantinopla dirigida por su consejero el monje Humberto, pero posiblemente no fue la mejor elección, ya que este personaje sentía grandes antipatías por la Iglesia Bizantina y aprovechó el viaje para excomulgar a los jerarcas bizantinos.

La respuesta de Cerulario no se hizo esperar e inmediatamente excomulgó a los legados y al propio Papa de Roma, rompiendo relaciones con la Santa Sede en el año 1054.

A pesar de que Cerulario fue depuesto y desterrado, la situación no se normalizó, como había ocurrido en anteriores cismas, como con el de Focio, y el cisma todavía continúa.

Aunque a partir del año 1054 la Iglesia Ortodoxa Bizantina sigue su propio camino, desvinculado de la Iglesia Católica Romana, la realidad es que no podemos calificarla como una Iglesia herética, puesto que acepta todos los dogmas de la Iglesia Católica, sino como una Iglesia cismática, ya que no reconoce la autoridad del Papa.


CONCLUSIÓN.


La ruptura entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla comenzó a gestarse a partir de la caída del Imperio Romano de Occidente y la primacía del Imperio Romano de Oriente. La capitalidad del nuevo imperio de la ciudad de Bizancio, posteriormente Constantinopla, hizo que tanto Emperadores como Patriarcas bizantinos reclamasen el traslado de la Santa Sede a la nueva capital del Imperio.

Posteriormente, llegaría el conflicto de las imágenes y otros de menor entidad, pero que poco a poco fueron ampliando la herida entre ambas Iglesias. El cisma de Focio, en el siglo IX sentaría las bases para una ruptura definitiva, que llegaría finalmente en el siglo XI con el cisma de Cerulario.  

Por lo que he podido indagar, el cisma de Oriente es una suma de pequeños desencuentros (aún con alguno de cierta entidad) a lo largo de los siglos, en los que la política imperial ha influido notablemente y ha perjudicado la relación entre ambas Iglesias. Hay que hacer notar que la Santa Sede escapaba al control del Imperio, lo que motivó que los Emperadores apoyasen continuamente la ruptura. Pero, además de los intereses políticos, hay que mencionar las pequeñas diferencias de criterio, e incluso dogmáticas, que hubo durante siglos entre ambas Iglesias respecto a cuestiones en la mayoría de los casos menores, como es el caso de la fórmula “filioque”, que fueron minando la confianza y que finalmente desembocaron en el año 1054 en una ruptura, anunciada desde siglos atrás, y que continúa en la actualidad.

Como se ha visto, la Iglesia Oriental no es una Iglesia herética, lo que sería mucho más grave, sino que es una Iglesia cismática, que no acepta la autoridad del Papa.

Por lo tanto, no parece que las diferencias entre ambas Iglesias puedan calificarse de irresolubles, sino más bien al contrario. De hecho, tras casi mil años de separación, en la actualidad la distancia entre ambas Iglesias se ha reducido considerablemente y la relación entre ellas y entre sus cabezas visibles, el Papa Católico y el Patriarca Ortodoxo, es fluida y amistosa, una línea fraternal que nunca debieron abandonar.

Bibliografía                               

Orlandis, José. «Oriente y Occidente cristianos (1054-2004). Novecientos cincuenta años de Cisma.» AHIg 13, 2004: 247-256.



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