viernes, 6 de enero de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DE LAS DIFERENCIAS


INTRODUCCIÓN.

Comenzaré por hacer una breve introducción sobre el concepto de la construcción de las diferencias, que se encuentra relacionado con la identificación que hacemos los diferentes grupos de seres humanos entre nosotros para diferenciarnos de otros grupos de seres humanos.



El origen de estas diferencias entre grupos de seres humanos se encuentra en ciertas convenciones culturales y en ciertas relaciones sociales, que indican a los seres humanos que tienen ciertas características comunes con los seres humanos del mismo grupo y, por el mismo motivo, ciertas diferencias con los seres humanos pertenecientes a otros grupos sociales.

Estas identidades culturales, como la raza, el género, la etnicidad, la nacionalidad,…, por medio de las cuales se reconoce la pertenencia a un determinado colectivo son realmente etiquetas que hemos construido los seres humanos a lo largo de los años en una sociedad o en un grupo social determinado, son por lo tanto etiquetas artificiales.

Estas etiquetas de la identidad pueden utilizarse para estudiar y conocer en profundidad a los diferentes grupos sociales, pero también pueden ser un arma muy importante y valiosa para la movilización de la sociedad.

La mayoría de las identidades, como la identidad nacional, de clase social, religiosa y de género, tienen su fundamento en la cultura, es decir, en la propia sociedad. Sin embargo, la raza y el sexo tienen su fundamento en la naturaleza, es decir, son identidades de origen biológico, aunque hay que tener en cuenta que esta clasificación se hace desde el ámbito de lo cultural, lo que significa que las diferentes clasificaciones existentes tienen su origen en la diferente interpretación cultural que de ellas se hace.

Como se puede apreciar si profundizamos un poco, podemos distinguir dos procesos diferentes en la construcción de la identidad:

Por un lado, nos encontramos con un proceso de inclusión, de adición, que me atrevería a llamar positivo por su carácter incluyente, que consiste en identificar como iguales a los miembros del mismo grupo, es decir, a los que tienen la misma identidad.

Por otro lado, nos encontramos con un proceso de exclusión, de sustracción, que me atrevería a llamar negativo por su carácter excluyente, que consiste en establecer la identidad propia a partir del contraste de las diferencias con las identidades de otros grupos sociales o culturales.

En este sentido de la exclusión nos encontramos en la historia de la humanidad con diversos grupos sociales que han sido injustamente estigmatizados, es decir, señalados por sus coetáneos por el simple hecho de ser diferentes, por cuestiones como la nacionalidad, la religión, la raza,…

La estigmatización ya la utilizaban los griegos para marcar el cuerpo de las personas que habían cometido algún crimen o delito. Se trataba de una señal que permitía a los griegos identificar a estas personas para guardarse de ellas.

En la actualidad, este concepto se utiliza para identificar sociedades o grupos sociales que, por alguna razón, están minusvalorados. Estos grupos sociales (minorías étnicas, minorías sexuales, personas con discapacidad, personas con enfermedad mental,…) se encuentran estigmatizados en diferentes grados.

“Tengo dieciséis años y estoy desorientada; le agradecería que me aconsejara. Cuando pequeña estaba acostumbrada a que los chicos que vivían en la cuadra se burlaran de mí y no era tan terrible, pero ahora me gustaría tener amigos con quienes salir los sábados a la noche como las demás chicas, pero ningún muchacho me va a invitar, porque aunque bailo muy bien, tengo una linda figura y mi padre me compra lindos vestidos, nací sin nariz.
Me siento y me observo todo el día y lloro. Tengo un gran agujero en medio de la cara que asusta a la gente y también a mí; por eso no puedo culpar a los muchachos de que no quieran invitarme a salir con ellos. Mi madre me quiere pero se pone a llorar desconsoladamente cuando me mira. ¿Qué hice yo para merecer esta terrible desgracia? Aunque hubiera hecho algo malo, nada malo hice antes de cumplir un año, y sin embargo nací así. Le pregunté a mi papá; me dijo que no sabía; pero tal vez algo hice en el otro mundo antes de nacer, o quizá me castigaron por sus pecados. Eso no lo puedo creer porque él es un hombre muy bueno. ¿Debo suicidarme?”
Erving Goffman (Estigma, 1963).

La estigmatización social ha llegado hasta tal punto que, inconscientemente, identificamos a las personas por el color de la piel: si una persona tiene la piel más clara, con una clase social más alta, y, si es más oscura, con una clase social más baja.

“NOSOTROS, LOS HUMANOS” Y “LOS OTROS, LOS BÁRBAROS”.

Las relaciones entre ambos grupos, los que llamaremos “nosotros” y los que llamaremos “los otros”, pueden ser muy diferentes, y pueden ir desde el rechazo más acusado (heterofobia), hasta la más absoluta indiferencia, pasando por la admiración más considerada (heterofilia).

Como nos podemos imaginar, las relaciones entre las diferentes culturas son complejas, al igual que lo son las relaciones entre los grupos que conforman cada sociedad. Las relaciones no son matemáticas y pueden variar entre los mismos grupos en diferentes épocas, entre grupos de la misma sociedad, entre grupos de una sociedad con grupos de otra sociedad,…, y todo esto influenciado por la ideología, la cultura, la religión,…, de cada grupo y de cada sociedad. Esto ha producido complejas relaciones internas (de “nosotros” frente a “los otros”) y externas (de “los otros” frente a “nosotros”).

A menudo se producen manifestaciones de rechazo, más o menos violentas, más o menos sangrientas, entre “nosotros” y “los otros”, pero no es fácil discernir la tipología a que corresponden estas manifestaciones de rechazo (heterofobia).

Desde la más Antigüedad más remota se ha identificado a “los otros”, los que tenían costumbres diferentes, se vestían de forma diferente, tenían dioses diferentes,…, como “bárbaros”. Para los romanos, estas costumbres hacían de estos pueblos verdaderos “bárbaros”, principalmente porque los veían como pueblos culturalmente inferiores:

Las raíces tintóreas abundan: el olivo, la vid, la higuera, y otras plantas semejantes crecen cuantiosas en las costas ibéricas que bordean nuestro mar, y también en las del exterior. En cambio, las costas septentrionales ribereñas al océano carecen de ellas a causa del frío; en el resto del litoral, más que por negligencia de los hombres, que viven sin preocupaciones, porque dejan transcurrir su vida sin más apetencia que lo imprescindible para la satisfacción de sus instintos brutales. Si no se quiere interpretar como régimen confortable de vida el que se laven con los orines guardados durante algún tiempo en cisternas, y que tanto los hombres  como las mujeres de estos pueblos se froten los dientes con ellos, como hacen,  según dicen, los cántabros con sus vecinos. Esto, y el dormir en el suelo, en común...”
Estrabón, (Geografía, III, 4-17)

Por lo tanto, las manifestaciones de heterofobia responden a un proceso ideológico de autoafirmación de un grupo sobre otro, sobre el que se siente superior, y esta superioridad puede responder a diferentes motivos, que son principalmente culturales.
Estas manifestaciones no se producen de forma objetiva, sino que más bien se trata de etiquetas que hemos creado en nuestra cultura, es decir, se trata de prejuicios que nos llevan a crear estereotipos sobre “los otros”.

Cuando se produce la conjunción sistemática de estos estereotipos de “los otros”, se corre el riesgo de que se produzca la extensión de los conflictos y, como consecuencia de ello, la focalización de los mismos, lo que propiciará probablemente el empeoramiento del conflicto, con persecuciones dirigidas por líderes locales,…

Según el antropólogo singalés Tambiah, “la “focalización” desnuda progresivamente los incidentes locales de sus contextos particulares y la “transvaluación” distorsiona, abstrae y agrega estos incidentes a temas colectivos  y cuya importancia tiene más alcance desde el punto de vista étnico y nacional”.

La forma en que se justifiquen racionalmente estas manifestaciones violentas puede producir que el grupo estigmatizado sea segregado y quede en la más absoluta indiferencia, es decir, quedar como un grupo invisible, o puede ser considerado un enemigo en casa y, por lo tanto, quede excluido.

Todo esto está produciendo que en la actualidad aparezcan programas y dirigentes políticos y que proclaman la heterofobia, es decir, la exclusión de “los otros”, ante los que los gobiernos muestran gran tolerancia.

Según el antropólogo francés Levi-Strauss, existen de dos modelos ideales de sociedad: las que practican la antropofagia, es decir, las que absorben a “los otros” para neutralizarlos y aprovecharlos, y las que, como la nuestra, practican la antropoemia, es decir, las que expulsan a “los otros”, manteniéndolos temporal o definitivamente aislados de la sociedad.

En la actualidad, en la sociedad europea, que se encuentra altamente estratificada, la heterofobia, en su forma de xenofobia, se asocia a las relaciones con los inmigrantes que han llegado en los últimos años buscando trabajo, provenientes principalmente de países del este de Europa, África y Asia.

Sin embargo, a pesar de encontrarnos en el siglo XXI, estamos viendo cómo los estereotipos sobre “los otros” son los mismos que los del siglo XIX, que los estigmas no han cambiado prácticamente en nada, ni siquiera las palabras que utilizamos, y que, por desgracia, la sociedad actual sigue siendo tan xenófoba o más que antaño.

Por si fuera poco, por poner un ejemplo, el éxito electoral de Le Pen en Francia con un discurso de exclusión de “los otros”, está siendo rechazado por el resto de partidos políticos utilizando el mismo discurso de exclusión, en este caso a la inversa, contra los que apoyan a Le Pen, es decir, se contrarresta la exclusión con exclusión.
¿No estaremos echando leña al fuego?, ¿Tan poco hemos aprendido?

CONCLUSIÓN.

Como se ha visto, el proceso de autoafirmación de los “iguales” se produce mediante la etiquetación de “los otros”, con la creación de estereotipos, que muchas veces no tienen nada que ver con la realidad, y con la estigmatización de “los otros” mediante prejuicios culturales aprendidos, algunos de los cuales tienen miles de años y que están tan arraigados en nuestra cultura que muchas veces los aplicamos inconscientemente.
Para ello, se utilizan dos procesos, uno de inclusión de “nosotros”, de los iguales, y otro de exclusión de “los otros”, de los bárbaros, según hemos comentado.

También hemos visto cómo estos procesos de exclusión de los otros, pueden terminar en heterofobia y, a continuación, en su versión más violenta, la xenofobia.

Por último, hemos visto cómo se están produciendo actualmente en Europa movimientos de autoafirmación de la propia identidad de “nosotros” frente a “los otros”, en este caso los inmigrantes. Estos movimientos llegan en muchos casos a la violencia, a la exclusión, e incluso a la persecución,…, por cuestiones tan nimias como el color de la piel.

La sociedad ha avanzado tanto en tecnología, como tan poco en tolerancia, y ahora podemos ver por televisión e incluso por internet las mismas exclusiones que vivieron, por ejemplo, los moriscos en Granada o los indios en Norteamérica, todo un lujo.

Finalizaré este ensayo con una frase muy apropiada de Nelson Mandela que, como sabemos, pasó su vida sufriendo la heterofobia del hombre blanco contra su pueblo y de su pueblo contra el hombre blanco. Su mérito fue que supo ver las dos:

“Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, ya sea que venga de un hombre negro o un hombre blanco”. Nelson Mandela.


Licencia de Creative CommonsEste obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

No hay comentarios:

Publicar un comentario