domingo, 6 de marzo de 2016

BACON, DEL DOMINIO DE LA NATURALEZA

INTRODUCCIÓN:

El concepto de la naturaleza, del dominio de la naturaleza, es fundamental en la filosofía de Bacon, porque a partir de esta idea cimenta todo su pensamiento filosófico. Para Bacon, el conocimiento de la naturaleza es necesario para llegar a dominarla, para que, de esta forma, el ser humano reine sobre la naturaleza y pueda utilizarla para sus fines: “Solo podemos dominar la naturaleza si la obedecemos”. Pero este conocimiento de la naturaleza no llegará de cualquier manera, sino que se obtendrá a partir de un método científico, utilizando en este caso la observación y la experimentación. Por ello en las páginas siguientes analizaré en detalle su obra maestra, Novum organum.


Antes de comenzar esta exposición es relevante señalar que Francis Bacon (1561-1626), es un filósofo y político inglés que ingresó a una edad muy temprana en la Universidad de Cambridge y permaneció en el Trinity College hasta 1575. Fueron años en los que el joven filósofo, que aprendió los fundamentos de la filosofía aristotélica, terminó por convencerse de que la filosofía tradicional estaba ya desfasada y debía ser superada. A partir de 1579 comenzó su carrera política que viéndose favorecida por la subida al trono del rey Jacobo I en 1603.
Francis Bacon será nombrado Lord Canciller en 1618 con el título de barón de Verulam. El filósofo compaginará a partir de entonces su intensa actividad política con su magno proyecto enciclopédico, la Instauratio Magna, llamada a sustituir, según él mismo, el Organon aristotélico. Sin embargo, su carrera política se verá truncada en 1621 por graves acusaciones de corrupción. Los últimos cinco años de su vida los pasará dedicado por completo a coronar su trabajo intelectual. Entre sus obras, hay que destacar las siguientes: Ensayos (1597), obra que se convirtió pronto en un clásico por sus reflexiones sobre la vida moral y política; Temporis Partus Masculus (1602), obra muy crítica con la filosofía antigua; De interpretatione naturae proemium (1603), en donde se exponen las líneas principales de su reforma cultural; Cogitata et visa (1607), Novum organum o instrucciones acerca de la interpretación de la naturaleza (1620); De sapientia Veterum (1609), en la que interpreta los mitos antiguos para presentar su nueva filosofía; un conjunto de obras sobre historia natural entre las que se pueden destacar: Historia ventorum (1620), Historia naturalis (1622); Historia vitae et mortis (1623); Sylva Sylvarum, publicada póstumamente (1627); Nueva Atlántida (1623), que aunque publicada también póstumamente en 1627, es una obra utópica en la que se anuncia la idea de una sociedad científica y tecnificada.

EL PUNTO DE PARTIDA: EL CONOCIMIENTO DE LA NATURALEZA.

Para Bacon la ciencia de la Antigüedad y los métodos empleados para llegar al conocimiento no eran los adecuados y por ello plantea romper con la ciencia anterior y sus métodos; de hecho su obra más importante, Novum organum (1620), fue pensada para sustituir al Organon aristotélico, porque para él las enseñanzas de los antiguos eran un impedimento para llegar al conocimiento científico.
Bacon parte de la crítica hacia el pensamiento de su época, que se ha dejado llevar por el conocimiento anterior para llegar a verdades no comprobadas, lo que ha supuesto un gran perjuicio para las ciencias: “Aquellos que se han atrevido a hablar dogmáticamente de la naturaleza como de un sujeto explorado, sea que les haya inspirado esta audacia su espíritu excesivamente confiado o su vanidad y el hábito de hablar magistralmente, han ocasionado un perjuicio muy grande a la filosofía y a las ciencias” (Bacon, 1620, Novum organum).
Para Bacon todo el saber humano que nos han legado los filósofos antiguos debe ser en su conjunto completamente olvidado. La condena de Francis Bacon resulta muy moderna y tiene como pretensión alcanzar un saber universal que nos recuerda mucho al proyecto cartesiano. La ciencia baconiana tiene como fin primordial el servicio práctico a toda la comunidad científica: “Ved pues que vuestras riquezas son posesión de muy pocos y que las esperanzas de todos los hombres sean confiadas a solo seis cerebros (Platón, Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Euclides y Ptolomeo). Dios nos ha concedido almas racionales para que rindáis a hombres el tributo que le debéis a vuestro Autor, es decir, la fe que se debe a Dios y a las cosas divinas, ni os ha otorgado firmes y válidos sentidos para estudiar los escritos de unos cuantos hombres, sino para estudiar el cielo y la tierra que son obra de Dios”.
El papel que desempeña la ciencia, según Bacon, consiste en otorgar al hombre poder sobre la naturaleza, sin embargo, solo podemos alcanzar ese dominio sobre ella si la conocemos: “El hombre, ministro e intérprete de la naturaleza, hace y entiende en la medida en que haya observado el orden de la naturaleza, mediante la observación de la cosa o con la actividad de la mente; no sabe, ni puede nada más”.
El punto de partida de Bacon para llegar al conocimiento será la naturaleza: “El hombre, servidor e intérprete de la naturaleza, ni obra ni comprende más que en proporción de sus descubrimientos experimentales y racionales sobre las leyes de esta naturaleza; fuera de ahí, nada sabe ni nada puede” (Bacon, 1620, Novum organum).
Es necesario encontrar un nuevo método, alejado de los métodos propios de la Antigüedad, empezando por eliminar los errores que se han cometido, a los que llamará ídolos: “Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obtenido el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible” (Bacon, 1620, Novum organum).
Bacon dividirá estos ídolos o errores de los científicos en cuatro tipos: “Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano. Para hacernos inteligibles, los designamos con los siguientes nombres: la primera especie de ídolos, es la de los de la tribu; la segunda, los ídolos de la caverna; la tercera, los ídolos del foro; la cuarta, los ídolos del teatro” (Bacon, 1620, Novum organum).
Ídolos de la tribu, estos errores son los motivados por las inclinaciones naturales del científico, es decir, tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre.
Ídolos de la caverna, son los debidos a la educación que ha recibido el científico o a su propio carácter individual, es decir, a la naturaleza individual de cada uno, pues todo hombre lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza es corrompida.
Ídolos del foro, son los debidos a las limitaciones que tiene el lenguaje, ya que en muchas ocasiones el lenguaje con el que se comunican los hombres no es el adecuado para definir las cuestiones más complejas del conocimiento humano.
Ídolos del teatro, son los debidos a aceptar un pensamiento por el único hecho de que es antiguo. Estos ídolos son los más negativos, son los errores introducidos en el espíritu humano por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración utilizados, que impiden el avance de la ciencia.
Sin embargo, para que la ciencia esté al servicio del hombre resulta necesario e indispensable fundar un nuevo método que pueda “reconducir a los hombres a los fenómenos particulares, respetando su sucesión y su orden, de modo que aquellos se vean obligados a renegar durante un cierto tiempo de las nociones y comiencen a habituarse a las cosas mismas”.

LA SOLUCIÓN: EL MÉTODO CIENTÍFICO INDUCTIVO.

Bacon es muy escéptico respecto a lo que el hombre puede llegar a conocer y lo expresará en su obra en varias ocasiones: “El espíritu humano se siente inclinado naturalmente a suponer en las cosas más orden y semejanza del que en ellas encuentra; y mientras que la naturaleza está llena de excepciones y de diferencias, el espíritu ve por doquier armonía, acuerdo y similitud” (Bacon, 1620, Novum organum).
En otra ocasión, también en relación con el conocimiento humano, llegará a decir: “El espíritu humano, una vez que lo han reducido ciertas ideas, ya sea por su encanto, ya por el imperio de la tradición y de la fe que se les presta, se ve obligado a ceder a esas ideas poniéndose de acuerdo con ellas; y aunque las pruebas que desmienten esas ideas sean muy numerosas y concluyentes, el espíritu o las olvida, o las desprecia, o por una distinción las aparta y rechaza, no sin grave daño; pero preciso le es conservar incólume toda la autoridad de sus queridos prejuicios” (Bacon, 1620, Novum organum).
Para dar solución a la compleja situación en la que se encontraba la ciencia, Bacon propone un nuevo método, un método inductivo, es decir, un método que partiendo del conocimiento de lo particular pueda llegar al conocimiento de lo general. Lo más importante en Bacon es que cambia la idea de la ciencia y a partir de él el conocimiento científico dejará de ser solamente un conocimiento teórico para llegar a ser un conocimiento práctico, que incide en la vida de las personas y puede llegar a cambiarla: “La formación de nociones y principios mediante una legítima inducción, es ciertamente el verdadero remedio para destruir y disipar los ídolos; pero sería con todo muy conveniente dar a conocer los ídolos mismos. Existe la misma relación entre un tratado de los ídolos y la interpretación de la naturaleza, que entre el tratado de los sofismas y la dialéctica vulgar” (Bacon, 1620, Novum organum).
El método baconiano, similar al cartesiano, consta dos dimensiones:
Pars destruens, es decir, eliminar de nuestra mente aquellas nociones falsas o ídolos que han invadido nuestro intelecto.
Pars construens, es decir, llenar nuestra mente con aquellas nociones obtenidas del comercio natural de nuestro intelecto con la realidad.
Pero antes de proceder a la inducción debemos catalogar las observaciones tomadas (investigación positiva de la naturaleza) en tres tablas diferentes:
Tabula essentiae et praesentiae: se trataría de la correspondencia o presencia del hecho con la causa supuesta.
Tabula declinationis, sive absentiae in próximo: en este caso, la propiedad estudiada, quitada dicha causa, está ausente y no se manifiesta.
Tabula comparativa/graduum: la propiedad estudiada variará creciendo o disminuyendo al verse modificada la causa.
El objetivo final de este método inductivo es encontrar la esencia, fuente de emanación o también llamada verdadera diferencia de la cosa o natura naturante. Se trata de un proceso en el que el entendimiento está abandonado a su riesgo.

CONCLUSIÓN:

Podríamos decir que Bacon es un filósofo que, al contrario que sus coetáneos, rompe con el conocimiento de la Antigüedad para encontrar un método que le permita conocer la realidad, es decir, la naturaleza, con el fin de, una vez conocida, poder dominarla y ponerla al servicio del ser humano: “Entre los mismos hombres que cultivaron la filosofía natural, casi no ha habido, sobre todo en estos últimos tiempos, quien se haya consagrado a su estudio con inteligencia clara y libre de ulteriores miras, a menos que se cite por casualidad algún monje en su celda, o algún noble en su mansión” (Bacon, 1620, Novum organum).
Bacon es un filósofo empirista y un precursor de la ciencia experimental, que se anticipa y tiene gran influencia en el conocimiento científico posterior y en la ciencia moderna: “La mejor demostración es, sin comparación, la experiencia, siempre que se atenga estrictamente a las observaciones. Pues si se extiende una observación a otros hechos que se creen semejantes a menos de emplear en ello mucha prudencia y orden, se engaña uno necesariamente. Además, el actual modo de experiencia es ciego e insensato” (Bacon, 1620, Novum organum).
Para Bacon “el conocimiento es poder” y su objetivo es dominar la naturaleza para, una vez transformada, ponerla al servicio del ser humano, es decir, entiende la verdad como utilidad para el ser humano (utilitarismo). El conocimiento científico es poder y tiene como fin la tecnología, es decir, la utilidad práctica de la naturaleza para el ser humano. Se trata, por tanto, de un pensamiento práctico, utilitarista o finalista, que nos recuerda en este sentido el pensamiento que plasma Maquiavelo en su obra El príncipe.
Bacon parte de los sentidos para llegar al conocimiento científico mediante un método inductivo que tiene como base la observación y la experimentación, y que, por tanto, llegará al conocimiento de lo general desde lo particular. Se trata de un método similar al de Descartes, desde el que se destruyen primeramente los errores del conocimiento, a los que Bacon llamará ídolos, y posteriormente se reconstruye el intelecto con las verdades conocidas mediante el método inductivo propuesto: “En cuanto a nuestro método, es tan fácil de indicar como difícil de practicar. Consiste en establecer distintos grados de certeza; en socorrer los sentidos limitándolos; en proscribir las más de las veces el trabajo del pensamiento que sigue la experiencia sensible”.


Bacon, iniciador del empirismo, como lo fue Descartes del racionalismo, coincide con éste en su búsqueda de la verdad, esa verdad que para él es poder, es decir, el hombre como dominador de la naturaleza, una naturaleza que a partir de este momento, y hasta nuestros días, con mayor o menor acierto, estará al servicio del ser humano.





viernes, 22 de enero de 2016

PASCAL: DE LA RAZÓN Y DEL CORAZÓN

INTRODUCCIÓN:

El concepto del conocimiento, del conocimiento de Dios, es fundamental en la filosofía de Pascal, porque a partir de esta idea cimenta todo su pensamiento filosófico. Para Pascal, Dios no se puede conocer mediante la razón, sino mediante la fe, mediante el corazón, “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Por ello en las páginas siguientes analizaré en detalle su obra maestra, Pensamientos, en la que Pascal trata de demostrar la existencia de Dios, pero no mediante la razón exclusivamente, como lo habían hecho sus antecesores (Descartes, Spinoza o Leibniz) sino utilizando para ello también el corazón.


Antes de comenzar esta exposición es relevante señalar que Blaise Pascal (1623-1662), es un filósofo, físico y matemático francés. Genio precoz y de clara inteligencia, su entusiasmo juvenil por la ciencia se materializó en importantes y precursoras aportaciones a la física y a las matemáticas. En su madurez, sin embargo, se aproximó al jansenismo y, frente al racionalismo imperante, emprendió la formulación de una filosofía de signo cristiano (truncada por su prematuro fallecimiento), en la que sobresalen especialmente sus reflexiones sobre la condición humana, de la que supo apreciar tanto su grandiosa dignidad como su mísera insignificancia. Entre 1656 y 1657 publicó anónimamente sus Provinciales, conjunto de dieciocho cartas en las que defendió el jansenismo de los ataques de los jesuitas.
El éxito de las cartas lo llevó a proyectar una apología de la religión cristiana, pero el deterioro de su salud a partir de 1658 frustró el proyecto y sus notas dispersas quedaron más tarde recogidas en sus famosos Pensamientos (Pensées sur la religion et sur quelques autres sujets, 1669). Aunque Pascal rechazó siempre la posibilidad de establecer pruebas racionales de la existencia de Dios, cuya infinitud consideró inabarcable para la razón, admitió no obstante que esta última podía preparar el camino de la fe para combatir el escepticismo.
Así, el sentido común nos indica que lo más lógico es obrar como si Dios existiera, pues el beneficio que podemos obtener es infinitamente superior a toda posible pérdida. La famosa apuesta de Pascal analiza la creencia en Dios en términos de apuesta sobre su existencia: creyendo en Dios y observando una conducta virtuosa podemos ganar la vida eterna; si el hombre cree y finalmente Dios no existe, nada se pierde en realidad. Pero, por más que razonemos, sólo se llega a la fe a través del corazón, del sentimiento, en una iluminación súbita que escapa a cualquier intento de razonamiento lógico.

EL PUNTO DE PARTIDA: LA RAZÓN Y EL CONOCIMIENTO DE DIOS.

Aunque Pensamientos es una recopilación inacabada de los pensamientos de Pascal sobre diferentes cuestiones, sin embargo, se puede apreciar desde el principio el problema con el que se va a encontrar el filósofo.
Pascal comienza Pensamientos explicando la diferencia entre el espíritu de finura (sensaciones) y el espíritu de geometría (razón), llegando a plantearse: “Es preciso ver súbitamente la cosa de un solo golpe de vista, y no con un razonamiento progresivo, por lo menos en una cierta medida. Y acontece raramente, por esto, que los geómetras quieren tratar geométricamente estas cosas finas, y resultan ridículos intentando comenzar con definiciones siguiendo por los principios, cosa improcedente en esta suerte de razonamientos” (Pensamientos).
Pascal se da cuenta de que el problema para explicar la existencia de Dios está en la forma del conocimiento del ser humano y buscando una explicación a esta cuestión plantea la existencia de tres tipos de conocimiento:
El primer conocimiento pertenece al ámbito de la teología y tiene como objeto las verdades de fe reveladas. Este conocimiento se rige por el Principio de Autoridad.
El segundo conocimiento pertenece al ámbito de las ciencias modernas y tiene como objeto las verdades humanas. Este conocimiento se rige por el razonamiento y la experiencia humanos.
El tercer conocimiento es el propio del corazón. Este conocimiento no se rige ni por el Principio de Autoridad ni por el razonamiento y la experiencia humanos.
Es decir, existe un tercer conocimiento que permite al ser humano conocer a Dios mediante el corazón, mediante los sentimientos.
Sin embargo, para Pascal la razón también es necesaria: “Hay que saber dudar donde es necesario, aseverar donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Sumisión es uso de la razón, en lo que consiste el verdadero cristianismo” (Pensamientos). Es decir, con la razón el ser humano puede comprender que no todo se comprende con la razón, que no todo se explica con la razón, que no todo se puede pasar por el filtro de la razón.
Pascal es consciente de la pequeñez del ser humano, de su imperfección, de su finitud: “El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo” (Pensamientos).
Sin embargo, valora enormemente la razón del ser humano, el ser humano pensante: “Pero aún cuando el universo le aplastara, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata, porque sabe que muere y lo que el universo tiene de ventaja sobre él; el universo no sabe nada de esto” (Pensamientos). El pensamiento permite al hombre conocer su realidad, saber cuáles son sus limitaciones, su finitud…
Pascal, en línea con el dualismo anterior que propuso, entre otros, Descartes, llegará a decir: “Instinto y razón, nota de dos naturalezas”. Es decir, ve al ser humano compuesto de dos naturalezas, pero no de cuerpo y alma, sino de la razón (pensamiento) y del instinto (corazón), donde la razón (pensamiento) está por encima del todo lo demás, llegando a manifestar: “El pensamiento es la grandeza del hombre”.
Pascal, no obstante, continúa siendo un racionalista y lo demuestra constantemente en su obra: “Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento. Por aquí hemos de levantarnos, y no por el espacio y la duración que no podemos llenar. Trabajemos, pues, en pensar bien: he aquí el principio de la moral” (Pensamientos). Es decir, la razón está al servicio de la moral y finalmente al servicio de la fe.
No obstante, para Pascal el uso de la razón no es suficiente para convencer a los ateos de la existencia de Dios, porque para conocer a Dios no es suficiente con la razón, por ello recomienda no perder demasiado tiempo, o mejor ninguno, intentado convencer a los ateos sólo con la razón: “Y por eso no intentaré aquí probar, por razones naturales, o la existencia de Dios, o la Trinidad, o la inmortalidad del alma, ni ninguna de las cosas de esta índole; no solamente porque no me sentiría bastante fuerte para encontrar la naturaleza con qué convencer a los ateos endurecidos, sino también porque este conocimiento sin Jesucristo, es inútil y estéril” (Pensamientos).
En su intento por convencer a los ateos, sin utilizar la razón, Pascal llega a plantearse la siguiente apuesta: “Examinemos, pues, este punto, y digamos: Dios existe o no existe. ¿A qué respuesta nos inclinaremos? La razón nada puede decidir en esto. Hay un caos infinito que nos separa. Un juego se está jugando a tal infinita distancia; saldrá cara o cruz. ¿Por cuál apostaréis? La razón nada os dice; por la razón ninguna de las dos soluciones puede ser defendida. No censuraréis, pues, por equivocados, a aquellos que han realizado su elección; porque vosotros no sabéis nada. No; pero yo les censuro no por lo que han escogido, sino por haber hecho una elección; porque aunque tanto el que dice cara como el que dice cruz estén en falta equivalente, los dos están en falta: lo razonable es no apostar.  Sí, pero es fuerza apostar; esto no es voluntario; y estáis embarcados; en no apostar que hay Dios es apostar que no hay Dios. ¿Qué partido tomaréis, pues? Veamos, puesto que es fuerza escoger, veamos qué es lo que nos interesa menos: tenéis dos cosas que perder, la verdad y el bien y dos cosas que dar en prenda, vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra beatitud; y vuestra naturaleza tiene que temer dos cosas: el error y la miseria. Vuestra razón no es ni más ni menos lastimada, puesto que es necesario escoger, escogiendo la una más bien que la otra cosa”.
Para Pascal no es tan importante demostrar racionalmente la existencia de Dios, sino llegar a la conclusión de que la existencia de Dios es más favorable que su no existencia.

LA SOLUCIÓN: EL CORAZÓN.

Como resultado de todo este trabajo de argumentación y demostración, Pascal llega a varias conclusiones:
Por una parte, concluye que la única manera de llegar al conocimiento de Dios es con el corazón, es decir, con la intuición, con los sentimientos: “El corazón tiene razones que la razón no conoce. Se sabe esto en mil cosas. Yo digo que el corazón ama naturalmente el ser universal, y se ama naturalmente a sí mismo, en la medida que se entrega; se endurece contra el uno o contra el otro a su antojo. Habéis rechazado lo uno y conservado lo otro, ¿es que os amáis por razón?” (Pensamientos).
Y añade: “Es el corazón quien siente a Dios, y no la razón. Esto es lo que es la fe: Dios sensible al corazón, no a la razón” (Pensamientos).
Por lo tanto, la razón no es suficiente porque no podemos explicar a Dios con la razón. Existen dos formas principales de conocimiento: la razón y el corazón; con la razón conocemos las verdades demostrables, las que podemos explicar con la razón; y con el corazón conocemos las verdades que son los principios de nuestra vida, como Dios, el alma, la Santísima Trinidad,…: “Conocemos la verdad, no solamente por la razón, sino también por el corazón; de esta segunda manera es como conocemos los primeros principios, y es inútil que el razonamiento, que no tiene parte en ello, trate de combatirlos” (Pensamientos).

CONCLUSIÓN:

Podríamos decir que Pascal es un filósofo que, tomando como referencia el pensamiento racionalista, va más allá que sus antecesores en su concepción del conocimiento de la realidad
Para Pascal el corazón y la razón son dos formas de conocimiento, pero en realidad son dos formas de conocimiento de realidades también diferentes. La razón y el corazón se encuentran en una misma naturaleza, la naturaleza humana, pero en diferentes dimensiones, en planos distintos, por lo que conocen verdades o realidades diferentes: “Y es tan inútil y ridículo que la razón pida al corazón pruebas de sus primeros principios, para poder asentir a ellos, como lo sería que el corazón pidiera a la razón un sentimiento de todas las proposiciones que demuestra, para querer recibirlas” (Principios).
Pascal, que no deja nunca de utilizar la razón, plantea una novedad en el pensamiento racionalista con respecto al pensamiento que le precedió: hay verdades que se conocen con la razón y otras que se conocen con el corazón, es decir, no todo se puede pasar por el filtro de la razón porque hay existencias o verdades que no tienen una explicación racional o, al menos, a las que todavía no podemos dar una explicación racional.
La cuestión que plantea Pascal no puede dejarnos indiferentes, porque no se trata de una cuestión tanto religiosa, como filosófica que a día de hoy sigue sin resolverse. Si intentamos ver el pensamiento de Pascal como un pensamiento influido exclusivamente por la religiosidad y producto de ella, nos equivocaremos y no llegaremos a entenderlo. En realidad, Pascal utiliza la razón, como hicieron sus antecesores, pero añade una cuestión novedosa, una cuestión que, al menos, nos sirve para dar una explicación a ciertas cuestiones que de otra forma serían inexplicables. De hecho, la solución a la que llega Pascal: el conocimiento del corazón, es una solución a la que llega mediante la razón.
Porque, si nos hacemos preguntas como: ¿realmente el corazón puede conocer?, ¿pueden conocer los sentimientos?, cuándo decimos que las personas (algunas) tienen un sexto sentido, ¿estamos hablando de una forma de conocimiento como la que propuso Pascal?, si una persona a la que queremos tienen un problema estando a kilómetros de distancia y nos sobresaltamos inesperadamente, ¿es también una forma de conocimiento?, ¿es otra cosa?, ¿es casualidad?, pero, ¿qué es la casualidad?,…
En fin, se trata de una cuestión apasionante que Pascal resolvió planteando dos formas diferentes de conocimiento: el conocimiento de las verdades físicas, que se pueden explicar mediante la razón, y el conocimiento de las verdades metafísicas, que se pueden explicar mediante el corazón.
Evidentemente, la solución a la que llega Pascal no es matemática, no es geométrica,  pero es una explicación del conocimiento de Dios y, por tanto, de las verdades metafísicas que nos rodean.
No obstante, como ya señalé anteriormente, no se trata solo una cuestión de fe, sino de comprobar razonadamente que la razón, valga la redundancia, es insuficiente para conocer las verdades metafísicas.


Por lo tanto, como hizo Pascal, utilicemos siempre la razón y donde la razón no llegue, siempre nos quedará el corazón…



lunes, 4 de enero de 2016

SPINOZA: DE DIOS, SUSTANCIA Y NATURALEZA

INTRODUCCIÓN:

El concepto de Dios es fundamental en la filosofía de Spinoza, porque a partir de esta idea cimenta todo su pensamiento filosófico. Para Spinoza, Dios es la Sustancia, es la Naturaleza, “Deus, sive Substantia, sive Natura”. Por ello en las páginas siguientes analizaré en detalle la parte primera de su obra maestra, Ética demostrada según el orden geométrico, dedicada a Dios, en la que Spinoza intenta demostrar la existencia de una sola sustancia o naturaleza (monismo), que identifica con Dios.



Es importante señalar en este punto que mientras Descartes llega a Dios utilizando el método cartesiano, sin embargo, Spinoza, utilizando este mismo método, parte de Dios, y lo identifica con la Sustancia, con la Naturaleza. Por lo tanto, para entender el complejo pensamiento de Spinoza debemos hacer un ejercicio de abstracción y hacer una limpieza mental respecto de la idea del Dios medieval e incluso del Dios de Descartes, porque para Spinoza Dios es la Sustancia y es la Naturaleza, pero no es el Dios de la religión, como lo era para Descartes. Por ello, en adelante, con la intención de que no confundamos ambos conceptos, utilizaré la traducción latina de Dios, Deus, para referirme al Dios de Spinoza, y Dios para referirme al Dios tradicional.

Antes de comenzar esta exposición es relevante señalar que Baruch Spinoza (1632-1677), es un filósofo holandés, hijo de judíos españoles emigrados a los Países Bajos. Cursó estudios de teología y comercio y, por la fuerte influencia que ejercieron sobre él los escritos de René Descartes y Thomas Hobbes, se alejó del judaísmo ortodoxo. Su crítica racionalista de la Biblia provocó que fuese excomulgado por los rabinos en 1656, retirándose a las afueras de Amsterdam, como pulidor de lentes. Su filosofía parte de la identificación de Dios con la naturaleza y representa el mayor exponente moderno del panteísmo. Llevó al extremo los principios del racionalismo, y dedujo toda su filosofía de la definición de sustancia como aquello que es en sí mismo y se concibe por sí mismo, “Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es, aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Definición III) por lo que sólo puede existir una sustancia, la sustancia divina.

La mente humana conoce sólo dos atributos o manifestaciones de Deus, el entendimiento y la extensión, pero estos atributos deben ser infinitos. Los individuos son a su vez modos, determinaciones concretas, de los atributos. Este monismo radical resuelve el problema cartesiano de la relación entre entendimiento y extensión, pues son sólo formas de manifestación de la sustancia divina, así como el conflicto entre libertad y necesidad, que se identifican desde el punto de vista de Deus, pues es libre en cuanto Natura Naturans (causa) y determinado en cuanto Natura Naturata (efecto).
Spinoza entiende la realidad como un todo único, en el que cada parte remite a la totalidad y en ella encuentran su justificación y fundamento. A esta sustancia única y total la llama “Deus sive Natura” (Deus o Naturaleza).
De entre sus obras se pueden destacar: Breve tratado sobre Dios, el hombre y su felicidad (1660), Tratado teológico-político (1670), y Ética demostrada según el orden geométrico (1675), publicada póstumamente.

El propio título de su obra Ética demostrada según el orden geométrico nos habla de un filósofo racionalista, que utiliza la razón para llegar a la verdad, pero Spinoza va más allá que Descartes y del cartesianismo, lo que se ha llamado post-cartesianismo, y transforma las tres sustancias de Descartes (Res Cogitans, Res Infinita y Res Extensa) en una sola (Deus o Naturaleza); se trata de un pensamiento monista (sólo existe una única sustancia) y panteísta (todo participa de la naturaleza divina).

EL PUNTO DE PARTIDA: DIOS.

Spinoza dedica la parte primera de su Ética demostrada según el orden geométrico a explicar la naturaleza de Deus y sus propiedades, es decir, que existe necesariamente, que es único, que es y obra en virtud de la sola necesidad de su naturaleza, que es causa libre de todas las cosas, que todas las cosas son en él y dependen de él y que todas han sido predeterminadas por él. Para ello, Spinoza utiliza definiciones, axiomas, explicaciones, proposiciones, demostraciones, escolios y corolarios, todo ello para argumentar y demostrar adecuadamente cada una de las propiedades de Deus y llegar, por este camino de la razón, a demostrar la existencia innegable y necesaria de Deus.

“Deus, o sea, una sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita, existe necesariamente.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XI).
Como he dicho antes, el pensamiento de Spinoza parte de la idea de Dios para explicar la realidad y para ello utiliza el sistema cartesiano, geométrico-matemático, de Descartes. No olvidemos que Spinoza es un filósofo racionalista, que utiliza el sistema cartesiano para demostrar la existencia de Dios, con sus infinitos atributos.

“Todo cuanto es, es en Deus, y sin Deus nada puede ser ni concebirse.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XV).
Para Spinoza, Deus es todo y está en todo (panteísmo), es decir, todo forma parte de él.

“De la necesidad de la naturaleza divina deben seguirse infinitas cosas de infinitos modos (esto es, todo lo que puede caer bajo un entendimiento infinito).” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XVI).
Para Spinoza, las diferentes formas en las que se presenta la realidad no son más que diferentes manifestaciones de Deus. Solamente hay una realidad, una sustancia, una naturaleza. Para Spinoza el cuerpo y el alma son también manifestaciones de Deus.

“Deus es causa inmanente, pero no transitiva, de todas las cosas.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XVIII).
Para Spinoza, Deus es causa inmanente de todas las cosas, pero no transitiva, es decir, no existe transferencia entre Deus y las cosas. Esta es una diferencia importante con la filosofía anterior, ya que el Dios tradicional tiene una participación y una interacción importante en las cosas.

“Deus no es sólo causa eficiente de las cosas, sino también de su esencia.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XXV).
Para Spinoza, como ya se ha comentado, Deus es causa, y por lo tanto razón, no sólo de la existencia, sino también de la esencia de todas las cosas, porque Deus comparte la esencia de todas las cosas que son.

“Una cosa que ha sido determinada a obrar algo, lo ha sido necesariamente por Deus; y la que no lo ha sido por Deus, no puede determinarse a sí misma a obrar.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XXVI).
El pensamiento de Spinoza es determinista, lo que significa que todo está determinado a un fin por una causa, Deus. Para Spinoza la libertad humana está influida por la naturaleza que le rodea y por sus propias necesidades.

“La voluntad no puede llamarse causa libre, sino sólo causa necesaria.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XXXII).
Todas las cosas de la naturaleza son determinadas por Deus a existir y a obrar de cierta manera, lo que significa que nuestros actos están, de alguna manera, influenciados por la necesidad a obrar de una manera determinada.

“Las cosas no han podido ser producidas por Deus de ninguna otra manera y en ningún otro orden que como lo han sido.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Proposición XXXIII).
Spinoza tiene la convicción de que la existencia de Deus es evidente y queda demostrada suficientemente por él mismo, “quod erat demonstrandum”.
Deus es la perfección y, por lo tanto, la naturaleza, que tiene su misma esencia, también es perfecta.

LA SOLUCIÓN: EL MONISMO PANTEÍSTA.

Como resultado de todo este trabajo de argumentación y demostración, Spinoza llega a varias conclusiones:

1ª Monismo: La existencia de Deus, como única sustancia y única naturaleza, de la que emanan las demás existencias. Ya no existen diferentes realidades, ya no hay un alma y un cuerpo, ya no hay un mundo perfecto y un mundo imperfecto, …, ahora sólo existe un universo, una sola realidad, eso sí, con diferentes manifestaciones.

2ª Panteísmo: Deus está en todas las cosas y todo forma parte de Deus. Este pensamiento panteísta parte de la visión de Deus como una sola existencia y una sola esencia, es decir, una sustancia, una naturaleza. Deus es para Spinoza la naturaleza: los montes, los ríos, los valles, los mares, los animales, los astros, …, y el ser humano es parte de esa naturaleza, de esa sustancia.

3ª Inmanentismo: La esencia de todas las cosas tiene su origen en Deus, pero no de forma transitiva, sino de forma determinista, es decir, no hay una reciprocidad entre Deus y las cosas, sino que las cosas actúan de una forma determinada por Deus.

Spinoza entiende la realidad como un todo único, en el que cada parte remite a la totalidad y en ella encuentran su justificación y fundamento. Las partes, por lo tanto, son manifestaciones del todo, que es Deus.
Con esta solución, en la que ya no hay dos mundos (alma/cuerpo), Spinoza consigue salvar el obstáculo de la relación entre ellos. Lo espiritual y lo material, para Spinoza, son dos manifestaciones de un solo mundo, es como si hablaran lenguajes diferentes, son como dos manifestaciones diferentes, de las infinitas manifestaciones posibles, de una sola realidad, de un solo mundo, de una sola sustancia y de una sola naturaleza.

CONCLUSIÓN:

Podríamos decir que Spinoza es un filósofo que, tomando como referencia más cercana el pensamiento cartesiano de Descartes, va más allá que su antecesor en su concepción de la realidad, seguramente queriendo huir de los complejos y prejuicios de la época, como él mismo indica: “Siempre que he tenido ocasión, he procurado remover los prejuicios que hubieran podido impedir que mis demostraciones se percibiesen bien, pero, como aún quedan no pocos prejuicios que podrían y pueden, en el más alto grado, impedir que los hombres comprendan la concatenación de las cosas en el orden en que la he explicado, he pensado que valía la pena someterlos aquí al examen de la razón. Todos los prejuicios que intento indicar aquí dependen de uno solo, a saber: el hecho de que los hombres supongan, comúnmente, que todas las cosas de la naturaleza actúan, al igual que ellos mismos, por razón de un fin, e incluso tienen por cierto que Dios mismo dirige todas las cosas hacia un cierto fin, pues dicen que Dios ha hecho todas las cosas con vistas al hombre, y ha creado al hombre para que le rinda culto. Consideraré, pues, este solo prejuicio, buscando, en primer lugar, la causa por la que le presta su asentimiento la mayoría, y por la que todos son tan propensos, naturalmente, a darle acogida.” (Spinoza, 1675, Ética demostrada según el orden geométrico, Apéndice).   
Por lo tanto, Spinoza no se deja influir por los prejuicios, en este caso religiosos, que tenía a su alrededor y elabora su pensamiento a partir de un nuevo Dios, que identifica con la Sustancia y con la Naturaleza. El pensamiento de Spinoza es monista panteísta, es decir, Deus es un todo, que está en todo y del que emana todo; en contraposición con el pensamiento dualista de Descartes.

Independientemente del resultado, el pensamiento de Spinoza, utilizando el método cartesiano y prescindiendo de prejuicios, supone un avance muy importante en el pensamiento moderno. Spinoza, como Descartes, utiliza la razón y un método matemático, pero, además, Spinoza se despoja de los prejuicios de la época.

No es fácil huir de los prejuicios de cada época, pero Spinoza tuvo el valor de hacerlo y consiguió con ello tener una visión diferente, propia, demostrada y razonada de la realidad. Ya no tenía la visión de la realidad que le habían contado otros, con sus inevitables adornos, sino que tenía una visión de la realidad propia y razonada por él mismo.

Creo que nos iría mucho mejor, también en la actualidad, si huyésemos de los prejuicios, de todo tipo, que hemos heredado y procediésemos a hacer una revisión de las diferentes cuestiones de nuestra realidad partiendo de la razón hasta llegar a verdades que podamos demostrar.

En relación con los prejuicios, que tanto daño hacen a nuestra forma de conocer la realidad, recuerdo ahora la frase de Albert Einstein: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.”

Por lo tanto, si queremos conocer la verdad, como hizo Spinoza, despojémonos de los prejuicios y utilicemos la razón.


viernes, 11 de diciembre de 2015

DESCARTES Y DE CÓMO LA DUDA LLEVA A LA VERDAD

INTRODUCCIÓN:

El concepto de la duda en el pensamiento cartesiano es fundamental porque, aunque a primera vista pueda resultarnos paradójico, conduce a Descartes a alcanzar la verdad. Por ello en las páginas siguientes analizaré en detalle el método que sigue este filósofo,  basado precisamente en llevar a cabo la acción de dudar hasta sus últimas consecuencias,  abstrayéndose de las muchas verdades que ya conocía para, partiendo de la duda absoluta y tomando el camino de la razón, llegar a la meta de la verdad indudable, a la que llamaré la” verdadera” verdad.


Antes de comenzar esta exposición es relevante señalar que René Descartes (1596-1650), el mayor filósofo francés de todos los tiempos e iniciador del racionalismo, es considerado el padre de la filosofía moderna. Nació en el seno de una familia burguesa, estudió en el colegio jesuita de La Fleche y participó en la Guerra de los Treinta Años. Al final de su vida, la reina Cristina de Suecia le hará llamar a su Corte en la que morirá a causa de una fuerte pulmonía con tan solo 53 años.

Descartes es un pensador frío, eminentemente matemático y un incansable buscador de la verdad por medio de la razón. De entre sus obras se pueden destacar: las Reglas para la Dirección del Espíritu (1628-1629), el Discurso del Método (1637), las Meditaciones Metafísicas (1641), los Principios de la Filosofía (1644), las Pasiones del Alma (1649) en la que se fundamenta su moral, el Tratado sobre el mundo y el Hombre (1630-1633) y El mundo: Tratado de la luz (1667), publicados póstumamente.

En el Discurso del Método Descartes plantea que, en efecto, podemos dudar de todo, pero no podemos dudar de que dudamos  y, como dudar es pensar, no podemos dudar que pensamos. Por lo tanto, el pensamiento es nuestra primera certidumbre, nuestra primera certeza, que  nos lleva a la certeza de nuestra existencia, de nuestra propia realidad: "Pienso, luego existo". El hombre existe al menos como cosa pensante, como res Cogitans. La existencia del pensamiento es un concepto claro y distinto, una verdad evidente que sirve a Descartes como punto de partida. A partir de la certeza de nuestra existencia, podemos sentir otras existencias: res Infinita (Dios) y res Extensa (mundo).

En la historia de la filosofía podemos encontrar como antecedentes del pensamiento de Descartes, aunque con diferentes visiones, a San Agustín, Aristóteles y Sócrates.
Más cercano en el tiempo, recordemos la frase de San Agustín, en su obra Contra los académicos (386 d.C.), “Si me equivoco, existo”, y más aún, en otra ocasión en esa misma obra, en relación con la existencia y la duda, decía “Si dudo, vivo”, frase muy similar a la de Descartes en la que ya se planteaba la duda como principio y base para el conocimiento y la certidumbre de nuestra existencia y, por ende, de otras existencias.

Más lejano en el tiempo y en relación también con la existencia y el pensamiento, Aristóteles llegó a decir en su obra Ética a Nicómaco (348 a.C.) que “Percibir que sentimos o pensamos, es percibir que existimos”, donde también hacía depender de alguna manera nuestra existencia de nuestro pensamiento.

Más lejano aún en el tiempo, recordemos la famosa frase de Sócrates “Sólo sé que no sé nada” (“Apología de Sócrates”, Platón, 399 a.C.), que se planteó la búsqueda de la verdad desde el desconocimiento, desde la ignorancia, partiendo de no dar nada como cierto que, de alguna manera, es lo que hace Descartes varios siglos después, desaprender todo lo aprendido para volver a aprender, pero ahora metódicamente, utilizando un método que le haría llegar a la verdad mediante la razón.

EL PUNTO DE PARTIDA: LA DUDA.

“Todo lo que hasta ahora he admitido como absolutamente cierto lo he percibido de los sentidos o por los sentidos; he descubierto, sin embargo, que éstos engañan de vez en cuando y es prudente no confiar nunca en aquellos que nos han engañado aunque sólo haya sido por una sola vez” (Meditaciones metafísicas, 1641).

Descartes se da cuenta de que mucho de lo que había dado por verdadero, no lo era, y decide crear un método para llegar al conocimiento de la verdad, pero para ello debe desechar todo lo que hasta ese momento  había dado por verdadero y cuestionarlo todo, es decir, ponerlo en duda, hasta que, una vez filtrado adecuadamente por el nuevo método, el método cartesiano, darlo por verdadero, sin lugar a dudas.

“La meditación que hice ayer me ha llenado el espíritu de tantas dudas, que ya no me es posible olvidarlas. Y, sin embargo, no veo de qué manera voy a resolverlas” (Meditaciones metafísicas, 1641). Este párrafo define perfectamente la personalidad de Descartes y el arduo trabajo en el que se embarca. Descartes se muestra decepcionado con algunas de las verdades que le habían transmitido al descubrir que no todas son ciertas, y esto le lleva a limpiar su mente, olvidándose momentáneamente de la razón, del racionalismo, y acercándose, al menos al principio, a la primera premisa del escepticismo, la duda, y se plantea un gran reto: “Si he de hallar algo cierto y seguro en las ciencias, deberé abstenerme de darle crédito con tanto cuidado como si fuera manifiestamente falso” (Meditaciones metafísicas, 1641).

Este ejercicio de negación que hace Descartes respecto de la ciencia, respecto de la razón, no debió ser nada fácil para él, pero necesitaba un cambio radical en su pensamiento y la duda fue esa palanca que necesitaba para dar un salto atrás en su pensamiento, para volver a hacer el camino del conocimiento, pero esta vez de una forma metódica. Creo que en la actualidad nos vendría muy bien llegar a plantearnos este ejercicio que llevó a cabo Descartes para intentar llegar a la realidad de las cosas, para conocer la “verdadera” verdad, la que se conoce mediante el ejercicio de la razón. 

Si lo pensamos, por poner un ejemplo, todos conocemos a personas, más o menos cercanas, que tienen una cierta ideología, porque la tienen inculcada desde su infancia, y son incapaces de asumir que están equivocados, ni siquiera en las cuestiones más nimias. ¿Por qué nos cuesta tanto asumir la verdad que no nos gusta?, ¿Por qué damos por cierto lo que nos dicen los sentidos?, ¿Por qué no queremos emplear la razón para comprobar lo que hemos aprendido por los sentidos, lo que nos han contado, lo que hemos visto…? Sabemos que muchas veces los sentidos nos han engañado, como a Descartes, pero no hacemos nada.

Ya sé que decía Calderón que “toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, pero, ¿no merecería la pena comprobarlo?

Pero Descartes no era como la mayoría de nosotros, a él sí que le interesaba conocer la “verdadera” verdad, y para ello decide despojarse de todo lo que había aprendido, de todos los prejuicios que había en su mente, y se plantea un método para llegar a la verdad, el método cartesiano, un método que parte de la duda metódica, porque Descartes decide usar la duda para, a partir de ella, llegar al conocimiento. Y para ello crea el método cartesiano.

LA SOLUCIÓN: EL MÉTODO.

En el Discurso del método para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias, que así se llamó la obra, Descartes explica el método cartesiano (2ª parte del Discurso del método, 1637), que consta de cuatro reglas, que intentaré describir y comentar brevemente a continuación:

1ª REGLA: LA EVIDENCIA. La primera regla del método es la evidencia. Esta regla consiste en no admitir como verdadero nada que no fuese evidente, es decir, claro y distinto, evitando cuidadosamente la precipitación y la prevención. Por lo tanto, este punto de partida supone, de inicio, una desconfianza en las ciencias y en la propia razón.

Nada más comenzar, Descartes llega a la primera evidencia que es la base a partir de la cual elabora todo su pensamiento filosófico, la duda. Se da cuenta de que dudar es una parte del pensar, del pensamiento, como la imaginación y como el sueño, y, si está dudando, es una evidencia, no puede dudar que está dudando. Por lo tanto, esta duda le lleva a dar por cierta su existencia: “Pienso, luego existo”. Desde luego esta primera premisa es la más importante y desde la que parte todo su pensamiento, porque nuestra existencia nos habilita para conocer otras existencias que están a nuestro alrededor (res Extensa) e incluso para conocer la existencia de Dios (res Infinita).

2ª REGLA: EL ANÁLISIS. La segunda regla del método es el análisis. Consistía en dividir las dificultades encontradas en partes más pequeñas para resolver más fácilmente lo que se está estudiando, hasta encontrar la solución. Este era un trabajo arduo, aunque Descartes pronto se dio cuenta de que en estas divisiones encontraría coincidencias, que podría utilizar como punto de partida en diferentes análisis.

3ª REGLA: LA SÍNTESIS. La tercera regla del método es la síntesis, que consiste en reorganizar todo lo estudiado, desde lo más simple a lo más complejo, y las conclusiones a las que se ha llegado en cada caso.

4ª REGLA: LA COMPROBACIÓN. La cuarta regla del método es la comprobación, que consiste en revisar todo el proceso para comprobar que todos los pasos se han hecho correctamente, que no nos ha quedado nada por hacer y que, por lo tanto, las conclusiones a las que se ha llegado son correctas.
Para poder realizar este arduo trabajo, Descartes decide aislarse del mundo, de sus amigos y conocidos, con el fin de no dejarse influenciar por las opiniones de otros: “la experiencia que tengo de las objeciones que puedan hacerme me quita la esperanza de obtener de ellas algún provecho” (Discurso del método, 1637). Ciertamente, podríamos decir que los conocidos de Descartes no eran tan diferentes a los nuestros, porque, ¿a quién le interesa la verdad?

Realmente es impresionante esta decisión de Descartes, que podríamos decir, dedicó su vida a encontrar la verdad utilizando la razón. Un idealista en toda regla.
Ciertamente recomendable la lectura de “Las meditaciones metafísicas” y de “El discurso del Método”. 

CONCLUSIÓN:

Quiero comenzar esta conclusión con una frase de Descartes que creo que define muy bien su forma de ser y lo que esperaba de su trabajo: “Pero lo que más contento me daba en este método era que, con él tenía la seguridad de emplear mi razón en todo” (Discurso del método, 1637).

Llama la atención esa alegría que dice tener Descartes por haber encontrado un método por el que puede encontrar la verdad por medio de la razón, que imagino podría compararse con la alegría que sentimos cuando resolvemos un problema de matemáticas en el que llevamos horas trabajando.

Pero, ¿por qué era tan importante para Descartes encontrar la “verdadera” verdad, la que proviene de la razón?, ¿por qué no se conformaba con la verdad que sus profesores del colegio de La Fleche le habían enseñado? Desde luego, una de las respuestas está en la tendencia que empezaba a impulsar el Renacimiento, en la que empezaba a tomarse como referencia al sujeto. El centro del que partía la visión del mundo, la explicación de lo que ocurría a nuestro alrededor, ya no era la naturaleza, como había sido en la antigüedad, ni Dios, como en la Edad Media, sino que era el sujeto, el ser humano.

Sin embargo, a mi modo de ver, hay otra cuestión que no me es ajena, que es ese interés que pone Descartes en un asunto tan complejo y difícil de llevar a cabo como es la búsqueda de la verdad, de una verdad razonada filtrada por un método que él mismo ideó, un método matemático cuyo resultado no dejaba lugar a dudas. Descartes trató incansablemente de buscar la verdad indudable, la “verdadera” verdad que ya he mencionado, la que resulta de la razón.  Como él mismo diría en otra ocasión: “Despiertos o dormidos, no debemos dejarnos persuadir nunca sino por la evidencia de la razón” (Discurso del método, 1637).

Por lo tanto, la duda que plantea Descartes no diría que se parece a la duda escéptica, planteada por los escépticos como una duda de negación a conocer la realidad, sino que se trata de una duda metódica, que Descartes toma conscientemente como punto de partida de su pensamiento para llegar a conocer la realidad de nuestro propio ser y, a partir de la certeza de nuestra existencia, llegar a conocer otras realidades, otras existencias, como Dios y el mundo.

Como hemos visto, la duda es una fuente de conocimiento, como lo puede ser la curiosidad, pero la duda que nos plantea Descartes va más allá, porque no confía en los sentidos ni en la razón, y esta desconfianza nos lleva a no dar nada por seguro ni cierto sin más, y por lo tanto, a comprobar, revisar, estudiar, investigar,…, y, como resultado final de este arduo trabajo, llegar al conocimiento verdadero, a la “verdadera” verdad, a esa verdad que llega por el camino de la razón.


Por lo tanto, desconfiemos de los sentidos, desconfiemos de las apariencias, ¡¡¡dudemos!!!

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